“A las mujeres ya nadie nos para”: Gioconda Belli

De visita en Guadalajara durante la pasada FIL, la escritora nicaragüense, autora de El país de las mujeresLuciérnagas —su más reciente libro— habla en esta entrevista sobre revolución y literatura

Entrevista de Ana P. Mejía / Introducción de Ángel Melgoza / Fotos de Nabil Quintero (cortesía FIL) y R. Cortés 

Es la poeta y novelista más conocida de su país, pero cuando tenía 19 años, en 1967, Gioconda Belli (Managua, 1948) acababa de contraer matrimonio (su primera hija nacería dos años después). Eran años convulsos en todo el mundo, años de rebeldía. ¿Pensaba ella quedarse al margen? ¿Estaba conforme con la vida que llevaba hasta ese momento?  

 

Gioconda atestiguaba las atrocidades que la dictadura de Anastasio Somoza Debayle cometía en su país, Nicaragua, hasta que decidió perder el miedo y unirse al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Peleó junto al entonces guerrillero Daniel Ortega, aportando su granito de arena para derribar al autoritario gobierno. 

 

Con los años, aquel líder guerrillero —Ortega— se convirtió en la figura contra la que él mismo luchó. Estando fuera de Nicaragua, la autora de Línea de fuego —premio de poesía Casa de las Américas 1978—, se enteró de las detenciones, del acoso, de las amenazas de la actual dictadura.

 

Desde mediados del 2021 Gioconda está exiliada. No puede volver a Nicaragua. El régimen de Ortega se lo impide. 

 

“Salí con un par de maletas, sin saber que no iba a volver a casa”, cuenta. 

 

En el marco de la FIL de Guadalajara hablamos con la escritora de melena inconfundible sobre la política en América Latina, la lucha y la escritura de las mujeres, el papel de su trabajo literario, y los ensayos que recoge en Luciérnagas (Seix Barral, 2022), su más reciente libro. 


—Las tres palabras que más aparecían cuando buscaba tu nombre eran “poeta”, “novelista” y “revolucionaria”. Tu escritura siempre ha estado relacionada con tu espíritu revolucionario, me gustaría saber qué fue primero: ¿la escritura o un sentimiento de incomodidad, de señalar que algo no está bien?

 

Primero fue la incomodidad, porque nací en una familia de clase media alta. Mi papá fue hijo natural [fruto de personas que no están unidas en matrimonio] de un apellido muy importante en Nicaragua, pero nosotros no teníamos todas las ventajas que tenían los hijos legítimos. De todas maneras era una familia bien unida y opositora a la dictadura de Somoza. Un apellido que existe en mi familia es Chamorro, emblemático de la oposición nicaragüense.

 

A mis tíos los golpearon en manifestaciones. Vi muertes cuando tenía como seis años, como la de un muchacho que jugaba beisbol cerca de mi casa. Recuerdo que pasaba por la puerta de su casa, donde lo mataron, y veía la mancha roja de sangre. Era una dictadura muy represiva, asesina, que desafortunadamente se está volviendo a repetir.

 

Todo eso me marcó. La única alternativa que se veía a la distancia y que me daba mucho miedo era la lucha armada. Del FSLN nos enterábamos cuando había situaciones en Managua. Empezaban a volar helicópteros y salía toda la Guardia Nacional: era que habían capturado o habían encontrado una casa donde estaban guardados muchachos del FSLN. Eran unos ataques espantosos y ellos eran bien valientes.

 

Les disparaban por horas y horas, y al final resultaba que eran tres los que estaban ahí. “No nos rendimos, que se rinda tu madre”, gritaban. Era un un tremendo ejemplo de heroísmo. Eso a mí me fue fascinando.  Me fui dando cuenta que no iba a haber más alternativa que eso.

 

Cuando al fin decido integrarme al Frente para participar en la lucha armada, mi vida entera toma un sentido distinto que creo que fue lo que me hizo escribir poesía.

 

Empecé a sentir la vida de otra manera, a sentirme útil, a sentir que tenía sentido. Yo que me había casado muy jovencita, me preguntaba: “¿esta va a ser mi vida?”. Era una vida muy burguesa. “Estoy en este país con todos estos grandes problemas, ¿cómo voy a estar indiferente ante esto?”, decía. 

 

Aquella era una época bellísima de la humanidad. Fue cuando toda la juventud del mundo se rebeló contra la guerra de Vietmam. Hubo el 68 en París. Yo todavía estaba bastante jovencita para (entender) el 68, pero la rebelión contra la guerra del Vietnam, los comienzos de la liberación femenina, el movimiento hippie, Woodstock y esa música extraordinaria, me llevaron a la poesía. Larga respuesta. 

—Pero buenísima, ya respondiste casi todo. Es más, aquí la dejamos (risas). En otros espacios has comentado que leer a mujeres feministas te cambió. Has mencionado a Simone de Beauvoir, a Virginia Woolf y a muchas otras, pero quisiera saber: ¿hoy a qué mujeres feministas lees? ¿Y cómo ha cambiado tu feminismo?

 

—Mi feminismo fue y sigue siendo muy… orgánico. Tiene que ver conmigo, con mi vida, con quién soy yo, con mis funciones, con la menstruación, con la menopausia, con la maternidad. O sea que nadie me lo va a contar, yo lo he vivido en mi carne. Más que una elaboración intelectual, ha sido una práctica socialy una práctica individual la que me ha llevado a mi propia idea del feminismo.

 

Y por supuesto estas lecturas me han dado muchas pistas sobre por qué. Por qué el amor, por ejemplo, cómo se fue desarrollando: el amor cortés, el amor del tiempo de los griegos (entre los hombres más que con las mujeres), el amor cuando empieza a ser ya un amor de verdad, y no un matrimonio arreglado, para que la propiedad quedara entre las mismas personas y garantizar así que los hijos fueran de cierta clase.

 

Con todo eso vas entendiendo por qué te enamorás, qué pasa con esa dependencia que crea el amor. Todo eso tiene que ver con la experiencia personal. Tu búsqueda de cómo ser feliz también tiene que ver con la feminidad y con el feminismo. Esas mujeres me han ayudado muchísimo. No tengo cómo pagarles. A Virginia Woolf, por ejemplo, la amo. 

 

Esa mujer —Woolf— era una maravilla de pensadora. El ensayo de Un cuarto propio es genial. Y tiene otros como Three Guineas o Matar al ángel del hogar. Es fantástica, pensar que vivió a fines de 1800, y que fue una mujer tan importante en la literatura. Germaine Greer escribió un libro que se llama La mujer eunuco, que es buenísimo. Y así por el estilo. Entonces no es que yo esté leyendo mucha literatura feminista ahorita, porque yo la hago (risas). 

 

—Los libros son voz, son poder, son una amenaza para quienes no quieren que pensemos, que nos vivamos, que nos entendamos. Y tus libros mueven mucho. Tu novela La mujer habitada, publicada en 1988, es un libro que nos comentabas ha pasado de madres a hijas, ¿qué sientes al respecto?

 

—Por un lado, a nivel individual y ególatra (risas), es muy halagador, pero por otro lado te da una idea de lo poco que hemos avanzado.

 

 

Yo siempre digo: ¿por qué me siguen diciendo poeta erótica en estos tiempos donde se supone que el erotismo domina? Ya me suena un poco retrógrado que se me mencione así. [Ahora bien] El erotismo no lo entiende todo el mundo de la misma manera. Para muchos está cargado de censura, de negatividad. Mientras que para mí el erotismo es una celebración, es lo opuesto a la muerte. Eros y Tánatos son opuestos. 

 

 

Tenemos más de dos mil años de una práctica social donde las mujeres hemos sido marginadas, y aunque hemos hecho grandes avances, todavía la sociedad está cargada de un mensaje muy negativo. 

 

Todavía tenemos mucha piedra que moler, pero al mismo tiempo creo que hemos avanzado enormemente. Creo que la revolución más importante del siglo XX fue la revolución femenina, la liberación femenina, porque ahorita ya nadie nos para. 

 

 

Puede que sigan molestando y que siga habiendo esos machos insoportables, pero ya saben que están contra la pared, ya saben que venimos por ellos. Nos tienen miedo.

 

 

—En la III Bienal de Novela Mario Vargas Llosa (celebrada en Guadalajara en 2019) hablaste de la transformación de los líderes, de héroes en villanos. ¿Cómo nos enfrentamos a estos villanos? 

 

—A veces nos quedamos en la periferia de las cosas, y la única manera que yo sé es con el trabajo en la calle. Por ejemplo en Nicaragua, cuando estaba la dictadura de Somoza y la empezamos a horadar, a socavarla, fue con el trabajo en la calle. 

 

 

Hay que ir a meterse en los barrios, ver qué es lo que la gente está haciendo, ver qué se puede trabajar con ellos. Buscar proyectos que se puedan hacer: clubs de lectura, qué sé yo. Nosotros nos íbamos a alfabetizar. 

 

Teníamos talleres vocacionales. Había, por ejemplo, un carpintero con el que trabajábamos cosas clandestinas, que se juntaba con otros carpinteros para enseñarles cosas. Pero ahí mismo hablaban, ¿me entendés? 

 

 

Porque aquí —continúa Belli— la base que tiene López Obrador es una base popular. Y la base popular él la maneja a su antojo, porque la misma ignorancia y la misma falta de educación, hace que los enamore a través de un lenguaje manipulador, de grandiosidad y de resentimiento social. 

 

 

Ese es un lenguaje nefasto porque nada ganamos con él. Todos tenemos que existir en el mismo país. 

 

 

Ese es el trabajo, hay que hacerlo. Es trabajo de hormiguita. No es un trabajo que se logra solamente a través de los medios de comunicación, del Twitter… Estamos un poco amañados por estas nuevas tecnologías y si vos te ponés a ver las grandes manifestaciones, la Primavera árabe, por ejemplo, ¿qué pasó? Lograron una enorme movilización, pero no tenían organización. ¿Y quién se quedó con ese pastel? En Egipto, los Hermanos Musulmanes [organización política islamista] porque eran los que estaban organizados.

 

 

Entonces… organicen un partido de la izquierda erótica (risas).

 

 

—Cuéntanos de ese partido…

 

—Cuando triunfa la revolución en Nicaragua, nosotras éramos un montón de mujeres que hicimos de todo (…) Y nadie nos decía que porque éramos mujeres no lo podíamos hacer. En ese tiempo fue todo muy equilibrado. Cuando se toma el poder, ahí cambian las cosas. 

 

Son nueve dirigentes, hombres, en el gabinete hubo una mujer que pusieron de ministra, en el primer gabinete de la Revolución. Y, claro, después empieza los problemas: “no ahorita no”, “no, el aborto no porque va a ser un problema”. Bla, bla, bla. 

 

Entonces nosotras, un grupo de beligerantes, decidimos juntarnos porque teníamos posiciones intermedias importantes y decidimos hacer una estrategia común entre nosotras, que la pudiéramos poner en práctica cada una en su lugar

Era un modelo muy interesante porque vos podés crear una organización que realmente no tenga una organicidad tradicional, sino que vos te juntás, perfilás estrategias, hacés discusiones y después cada quien en su sitio, aplica esas líneas de trabajo. 

 

 

Eso es lo que hacíamos. Nos juntábamos y nos llamamos el Partido de la Izquierda Erótica porque también la pasábamos alegrísimo. Éramos un montón de mujeres, nos divertíamos. Hicimos una bandera con unos piecitos con las uñas pintadas de rojo. Yo escribí esa novela que se llama El país de las mujeres, donde está toda la estrategia. Ahí hay un montón de cosas: el manifiesto del Partido de la Izquierda Erótica…

 

 

Fíjate que en 1989 vimos que las mujeres se estaban alejando (del movimiento sandinista) (…), así que le ofrecimos a la dirigencia sandinista que nos permitieran crear el Partido de la Izquierda Erótica para empezar a trabajar con esas mujeres y que vieran que sí era posible salir de la guerra. 

 

 

Teníamos un programa, unas propuestas de trabajo basado en que había que “pensar en pequeño para crecer en grande”. Todo tenía que ver con la cotidianidad, con cómo cambiar la vida cotidiana de la gente. Por supuesto que nos dijeron que no. Nos despidieron tranquilamente.

 

 

—En la presentación de tu nuevo libro de ensayos, Luciérnagas, dijiste que sientes que has vivido 200 años, y que analizaste tus vivencias para sacar conclusiones. Me gustaría cerrar esta conversación con alguna de esas conclusiones. 

 

—Me doy cuenta de que los seres humanos somos un organismo y mientras no logremos esa comunicación entre nosotros para cambiar realmente la manera en que vivimos, vamos a seguir dando palos de ciego.

 

 

La literatura y los libros, por eso me gusta ser escritora, te permiten encontrar ciertas confluencias para empezar a desarrollar un pensamiento común. No importa que el pensamiento común no se exprese en un partido, en una organización. Yo creo que el pensamiento común va creando sinergias. Me parece que es como un catecismo, casi como una catequesis.

 

 

Yo no soy religiosa, pero es realmente extraordinario si te ponés a pensar que doce personas que oyeron hablar de fulano del tal hayan logrado enviar su mensaje. 

 

 

Creo que tenemos que trabajar el felicismo, la amabilidad, el amor, cómo vamos a cambiar la naturaleza del poder, cómo vamos a hacer que la democracia realmente sea democrática, sin ser populista, y sin ser irreal.

 

 

Cómo vamos a aprender en América Latina que los cambios son graduales, que no podemos pensar que vamos a pasar a un socialismo de repente. Hasta ahora la socialdemocracia es lo que más he visto que funciona. Donde más se ha visto progreso de la socialdemocracia es en Europa, pero para la izquierda latinoamericana la socialdemocracia es como la traición. Es ridículo. 

 

 

Esas son cosas que he aprendido en el camino, y otra, a nivel personal, es no tener miedo. ⚫

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