Elogio de un oficio

Durante su intervención en la charla “En torno a la literatura de no ficción”, celebrada en el Laboratorio de Arte Variedades el jueves 1 de septiembre, el periodista y director de la revista Replicante presentó a Leila Guerriero con este texto sobre Zona de obras (Anagrama), libro en el que la escritora argentina reflexiona sobre su quehacer periodístico y literario

Por Rogelio Villarreal / Foto de R. Cortés

“Ir, ver, volver y contar”. 

 

Para Leila Guerriero ésta es la fórmula que sigue, o debiera seguir un cronista. Además, desde luego, de las preguntas de rigor: qué, quién, dónde, cuándo, cómo… Si eres un cronista debes tener algo que decir, algo que contar. Y valerse de la memoria, de la cultura: la literatura, el cine, la música, las artes —a las que le debe más que al periodismo, confiesa… Vale decir que si no tienes talento mejor no lo intentes. Si no eres capaz de hilar frases perfectas con palabras precisas, más un ritmo armonioso y terso —“lujoso y bien lustrado”—, no importa de lo que se trate, ve pensando en dedicarte a otra cosa. Si no tienes la pasión y la furia de un boxeador, hazte a un lado.

 

Leila recuerda a una amiga de la adolescencia, Luisa, y sus diferencias: “A mí me gustaba leer y a ella no, a mí me gustaba escribir y a ella no, a mí me gustaba el cine y a ella no, yo era vulgar y ella no, yo era huidiza, ladina, oscura, difícil, taimada, arisca, bruta, brutal, furiosa, feroz, y ella no”. “No sé por qué era mi amiga”. Leila se fue a Buenos Aires a los diecisiete años y Luisa, tres años mayor, se quedó en su natal Junín. Leila quería escribir, lo que hacía desde chica: tenía clara su vocación. Luisa se hizo novia de un chico con nombre de viejo, Rogelio —ups—, se embarazó y se casó. Leila se hizo periodista y un día se enteró de que Luisa se había suicidado, tragó arsénico. Acaso porque su marido, el tal Rogelio, le fue infiel. En el último momento Luisa se arrepintió y pidió que la salvaran, pero ya fue imposible.

 

“Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tiene que ver simultáneamente con el libro y con la persona”. Esto escribió Vargas Llosa de Madame Bovary, la famosa novela de Flaubert. Y la vida y la muerte de Madame Bovary forman parte de lo que Leila es. ¿Quién era realmente Madame Bovary, Luisa, Leila?, se pregunta nuestra cronista.

 

Zona de obras es uno de los libros que se leen con un placer que aumenta a cada página. He leído libros perfectos y éste es uno de ellos. Como Sefarad, de Antonio Muñoz Molina, o como La invención de la naturaleza, de Andrea Woolf, o El infinito en un junco, de Irene Vallejo. No tiene huecos ni defectos. Es hipertextual, a cada párrafo te lleva a otros libros, películas, piezas musicales, las tiras cómicas de nuestra infancia…

 

Como en el caso de Madame Bovary, este libro de Leila se convierte en uno personal. Me gusta pensar en que soy una especie de bonachón señor Equis con mis estudiantes, riguroso mentor de Leila, de quince años, a quien obligaba a leer y a escribir. “¿Viste? No has leído nada…” “No entendés nada”, le reclamaba el señor Equis. Un día le dijo: “Vos sos un diamante”. Leila se pone contenta. “Un diamante en bruto”. Leila alimentaba por el señor Equis “un odio hermoso, refulgente”. Leyó a los clásicos y aprendió el respeto por la disciplina y la tradición. Ese maestro feroz le advirtió: “Si no lográs vivir de la escritura, vas a ser una infeliz”.

 

Leila aprendió a dominar el lenguaje, a descubrir sus huesos, a refinar cada frase, a escoger minuciosamente cada vocablo. Implacable editora de sí misma… ¿Qué es, si no, un editor? Alguien que obliga a los escritores a escribir mejor… En este caso, historias reales.

 

Periodismo narrativo, literatura de no ficción, es la misma vieja crónica de siempre, desde Gilgamesh hasta Fernanda Melchor. De lo que se trata es de contar historias reales con algunos recursos de la ficción: estructuras, climas, tonos, descripciones, diálogos, escenas… y con éstos “montar una arquitectura tan atractiva como la de una buena novela o un buen cuento”. Que no sobren adjetivos ni le falten comas. Que no falle una metáfora. Sin olvidar, por supuesto, que se trata de periodismo: investigación, trabajo de campo, revisión de archivos, documentos, libros y periódicos, y un largo etcétera. Pero, sobre todo, ver, no dejar de ver.

 

Martín Caparrós recorrió 30 mil kilómetros del interior argentino para escribir su libro El interior. El polaco Jacek–Hugo Bader recorrió en un viejo jeep soviético los más de 9 mil kilómetros de Moscú a Vladivostok para escribir La fiebre blanca. Leila Guerriero viajó a la Patagonia a fines de los años noventa pues quería contar las historias de los jóvenes suicidas: “Colgados de vigas, en cables de luz de la calle, con balazos en la garganta con carabina 22, tambaleando en galpones, con mangueras, con cinturones de pantalón, en árboles de campo, en árboles del matadero municipal. Jóvenes muertos, decenas, de alrededor de 25 años. Muertos viejos, también, arrojados al vacío desde el último piso del hospital”, como escribe Daniel Mecca en una reseña para Clarín.

 

¿Qué se necesita para poder narrar todo esto que vieron? Paciencia, furia, pasión, inteligencia, empatía y un extenso bagaje cultural… y el talento para poder poner todo eso en marcha: “Porque, después de días, semanas o meses de trabajo, hay que organizar un material de dimensiones monstruosas y lograr con eso un texto con toda la información necesaria, que fluya, que entretenga, que sea eficaz, que tenga climas, silencios, datos duros, equilibrio de voces y opiniones, que no sea prejuicioso y que esté libre de lugares comunes”.

 

¿Cuál es la mejor manera de contar una historia? Hay apenas algunas pistas, dice Leila, y cita al periodista Tracy Kidder (Premio Pulitzer 1981): “Cada historia tiene dentro de sí una o tal vez dos formas de contarla. El trabajo del periodista es descubrir eso”. Sin inventar, sin engañar, sin exagerar.

 

En este sentido Zona de obras es una lección magistral de periodismo, un curso completo, diría. “Conviene recordar”, sigue Leila, “que el periodismo no es una herramienta de evangelización ni un órgano de propaganda y que, en todo caso, cuando pierde su mirada crítica deja de ser periodismo. Y esa es la parte difícil, porque implica abandonar una orilla muy confortable y segura que se llama corrección política y con la que este oficio debería de llevarse a patadas”.

 

Apostar por el placer del texto, evadir el idioma aséptico de la burocracia, de los gobiernos y de las ONGs, de la prosa embalsamada, de los informes que dicen pero que no nos tocan. ¿Qué hay detrás de la palabra feminicidio? “Una mujer violada hasta la tumefacción y descuartizada por su marido”. ¿Y detrás de la expresión violencia de género? “Mujeres a las que les arrancan los ojos y a quienes queman con ácido”. “Envuelta en el hojaldre bonachón de palabras que no dicen nada”, nos recuerda Leila, “la realidad llega al lector desactivada, sumergida en hectolitros de líquido anestésico”.

 

Escribir: “tener la ambición, desmesurada y mesiánica, de contar lo que sea —Chernóbil, la tuberculosis, el hambre— como si nunca nadie lo hubiera contado antes. Sin esa ambición, desmesurada y mesiánica”, dice Leila, “la escritura no existe”. Una escritura que, insiste nuestra cronista, se alimenta del vasto universo de la literatura. “Un texto que deje, en quien lo lea, el rastro que dejan, también, el miedo o el amor, una enfermedad o una catástrofe”.

 

Encuentro en las crónicas de Leila Guerriero, y en la crónica de su oficio de cronista, además de su maestría y de su furia, la perfección en el manejo del idioma. Leerla es colocarla al lado de Cabrera Infante y de Borges, incluso de Kavafis… así de sorpresiva y elegante.

 

Leila Guerriero entrevistó al periodista y prolijo crítico de cine Homero Alsina Thevenet para escribir un perfil. Alsina, autor de una Enciclopedia de datos inútiles, en dos tomos, le preguntó: ¿Me dejas leerla antes de que se publique? Ella se negó… El perfil se publicó el mismo día que murió Alsina. “Nunca supo lo que yo había escrito sobre él porque yo no dejé que lo supiera”, dice Leila.

 

En septiembre de 2016 entrevisté a Luis González de Alba, líder del 68 mexicano, periodista y escritor, además de activista pionero por los derechos de los homosexuales. Será una entrevista procaz, le dije, pues en reuniones con amigos nos había contado de varias de sus aventuras en baños públicos, automóviles o un rincón oscuro. ¿Cuándo sale?, me preguntó. A principios de octubre, le contesté. Efectivamente, la entrevista procaz se publicó el lunes 3 de octubre, pero Luis no alcanzó a leerla, se había suicidado de un balazo en el corazón la madrugada del domingo 2 de octubre.

 

“Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tiene que ver simultáneamente con el libro y con la persona”. 

 

Nada más cierto.⚫

 

Rogelio Villarreal es periodista, escritor y editor. Es profesor en el ITESO. Su libro más reciente es ¿Qué hace usted en un libro como éste? (2015, El Salario del Miedo; 2022, en e–pub, Arlequín)

Imagen: Leila Guerriero caminando por la avenida Juárez, en el centro de Guadalajara

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