Leila Guerriero: contar para entender 

Te presentamos una entrevista con la cronista argentina, que este jueves 1 de septiembre a las 19 horas ofrecerá una charla sobre periodismo narrativo en el Laboratorio de Arte Variedades (Larva)

Por Ángel Melgoza

La primera vez que leí a Leila Guerriero no sabía lo que era un perfil. Jamás había escuchado hablar de ella, ni de la Universidad Diego Portales, ni de la mayoría de los personajes que aparecían en aquel libro de tapas azules. Ahora que lo pienso, en ese momento sabía muy poco del periodismo, y menos de esa etiqueta que se le puede sumar: narrativo

 

Para ser más claro, en ese libro leí un párrafo que para hablar del poeta chileno Nicanor Parra iniciaba diciendo: 

 

“Es un hombre, pero podría ser otra cosa: una catástrofe, un rugido, el viento. Sentado en una butaca cubierta por una manta, viste camisa de jean, un suéter beige que tiene varios agujeros, un pantalón de corderoy (…) Es un hombre, pero podría ser un dragón, el estertor de un volcán, la rigidez que antecede a un terremoto”. 

 

Ahí supe que esto, esto, era otra cosa. El trabajo de Leila Guerriero ha inspirado a nuevas generaciones de narradores. Sus perfiles (un género de periodismo narrativo en el que se cuenta la vida y trayectoria de una persona a partir de un acontecimiento —generalmente— reciente) y trabajos periodísticos han aparecido en revistas como la Rolling Stone, Vanity Fair y Gatopardo, y en periódicos como El País, El Mercurio, La Nación y Página 12. 

 

Publicó su primer libro, Los suicidas del fin del mundo (2005)en Tusquets y de ahí ha pasado por Alfaguara, la editorial de la universidad chilena Diego Portales, Libros del Asteroide y Anagrama, donde publicó el último: La otra guerra: una historia del cementerio argentino en las islas Malvinas (2021). 

 

Justo en este punto, su más reciente libro, iniciamos la conversación por llamada web con Leila Guerriero, quien se encuentra en México gracias al Programa de Residencias de la Casa Estudio Cien Años de Soledad (Ciudad de México), y que el próximo jueves primero de septiembre a las 19:00 horas ofrecerá charla en torno a la escritura de la no ficción, en el Laboratorio de Arte Variedades (LARVA), en Guadalajara. 

 

—La del reconocimiento, la de la memoria, la de la reivindicación,  ¿cuál es la otra guerra que narras en este, tu más reciente libro? 

 

—Es la guerra que dejó la guerra. Los encuentros entre facciones que no se escuchaban entre sí. Una guerra sorda, ideológica, por un botín simbólico. Este libro surgió a partir de un texto de 2007 que se llama El rastro en los huesos, que habla sobre el equipo argentino de antropología forense.

 

A mí me costó mucho trabajo acceder a ganarme la confianza de los antropólogos —continúa Guerriero—. Eran muy reticentes a dar entrevistas y un día me aceptaron. No fue tan sencillo, pero a partir de la publicación del texto se empezó a generar una relación. Normalmente soy muy escindida con las personas a las que entrevisto. En dos o tres ocasiones a lo largo de todos estos años ha quedado una relación por fuera de esas entrevistas.

 

Con cuatro miembros del equipo argentino de antropología forense, que son Luis Fondebrider, Mercedes Salado, Carlos “Maco” Somigliana y Patricia Bernardi, comencé una relación de amistad por fuera del trabajo. Íbamos al cine, a cenar, venían a casa a cenar. Cenas que duraban hasta las cinco de la mañana; hablábamos de todo un poco. 

 

Ellos son muy discretos con su trabajo, incluso con gente cercana, para proteger la información y a uno porque tampoco te quieren exponer. Si te cuentan algo y te dicen “no cuentes nada”,  también te están dando una carga que no es cómodo llevar. Cerca de 2017 vinieron a casa y me empezaron a contar que estaban planificando un viaje a (las islas) Malvinas, específicamente al Cementerio de Darwin (habilitado por el Reino Unido para sepultar a combatientes de Argentina que murieron en la Guerra de las Malvinas de 1982) para la identificación de los restos.

 

Y me empezaron a contar la trama detrás de todo. A mí me asombró muchísimo enterarme de algunas cosas, como que los familiares de los caídos en Malvinas, se oponían férreamente a la identificación de los restos. Pensé: qué raro que en la Argentina, con tanta historia contemporánea de reivindicación de la memoria, de la justicia, la identificación de los restos, una asociación de unos caídos, que no son desaparecidos, son caídos (se hace una diferencia política pues los desaparecidos son víctimas de la dictadura militar, y los combatientes de Malvinas eran soldados, militares) se opusiera de esta forma..

 

Empecé a preguntar, a tirar del hilito. Esta guerra que quedó instalada en la sociedad argentina sigue siendo muy incómoda, porque por una parte es una guerra que fue propiciada por la dictadura, y que en su momento tuvo un gran apoyo popular (por eso el libro arranca con la descripción de esa plaza llena de gente vitoreando al dictador), y a su vez fue una guerra horrorosa como las guerras en general, pero que paradójicamente abrió el camino a la democracia. 

 

Por eso es difícil encajarla en este mundo en el que es habitual hablar en términos de blancos y negros, de buenos y malos; esta guerra es una cosa medio gris que no se sabe dónde meterla… 

—Hablas de este maniqueísmo, y en relación al periodismo que explica la violencia en México siento que hacen falta más narraciones que exploren esas zonas de grises. 

 

—Ahora que lo dices, pienso en este perfil maravilloso que hizo una periodista que yo admiro muchísimo, Marcela Turati, sobre ese tipo que llamaban “El pozolero”. Ella hizo un retrato de este sujeto y sin desaparecer en ningún momento las tenebrosidades que hizo con los cuerpos de las víctimas, Marcela fue y habló con los familiares, buscó a la madre, la mostró al lado del teléfono esperando la llamada del hijo que estaba en la cárcel, nos mostró una familia más que pobre, muy humilde, y la precariedad de este sujeto, digamos de su equipamiento para evaluar opciones a la hora de tomar decisiones. Nos muestra todo ese derrumbe social en torno a una persona. Marcela nunca lo justifica, pero cuando ves todos esos matices, empiezas a ver la tragedia encarnada no en una sociedad, sino en una pequeña familia. Y sí, creo que esos son los relatos que ayudan a entender mejor, y entender es un paso importante para vivir en sociedades convulsionadas como las nuestras.

 

—Trabajas en Gatopardo como editora y como periodista, ¿cómo le haces para elegir las historias que quieres contar y las que crees que deben ser contadas? 

 

Gatopardo sale impresa cada dos meses y esos números rondan en torno a un tema específico, ahí hay un conjunto. Convocamos a los colaboradores para que propongan ideas en torno a un tema específico, y también pensamos nosotros qué nos falta, qué nos gustaría. Como en todas las publicaciones tratas de alcanzar un equilibrio. 

 

Yo me he ocupado de temas tan diversos que no encuentro una línea clara. Alguien me había dicho que yo hacía una cosa que pensé servía para explicar lo que hago, pero ya me lo olvidé.

 

El primer libro, habla sobre doce suicidas en un pueblo patagónico. El segundo y el tercero son recopilaciones. El cuarto, Una historia sencilla, es sobre un bailarín que quería ganar una competencia de baile folklórico. ¿Qué tiene que ver eso con los suicidas? Nada. Es una cosa súper local, argentinísima. Después Opus Gelber, el retrato de un pianista clásico increíble. Después La Otra Guerra, sobre muertos, una guerra, no sé… soy una especie de generalista que parte de una historia muy local, pero que conecta de forma universal porque está en el ADN humano. 

 

Esa conciencia a la hora de elegir un tema creo que es un entrenamiento que con el tiempo olfateas. El mundo de la cultura evidentemente me interesa mucho: todo lo que tenga que ver con escritores, pintores, fotógrafos, músicos, todo eso lo he hecho mucho. Me encanta meterme en la cabeza de la creatividad de otros, ver cómo funciona, ver sus dudas, inseguridades. 

 

—Inicias tu carrera con un cuento, con un texto de ficción llamado “Kilómetro cero” que se publica en el periódico Página 12; te llaman y te haces periodista. Tienes publicados quince libros de no ficción, crónicas, perfiles, reportajes narrativos, ¿has vuelto a escribir ficción?

 

—No es como que seguí escribiendo ficción o que tengo diez novelas guardadas en un cajón, pero en las columnas del País hay una serie llamada Instrucciones que en realidad sí es ficción, son historias de parejas que están en decadencia. No está basada en una pareja específica, pero son como Frankensteins donde están mezcladas la imaginación con cosas que uno leyó o escuchó que le pasan a otros; con cosas que le pasaron a una misma, pero muy exageradas o llevadas a un extremo. Es como un catalizador de la experiencia vital transformado en columna, situaciones que suceden en la vida real, pero no hay gente real a la que le hayan sucedido. Pero no, no he vuelto a escribir ficción.

 

—Una mañana mientras leía una escena de La otra guerra me encontré con los ojos llenos de lágrimas frente a un plato de avena. Y entonces me pregunté: ¿qué es lo que hace llorar a Leila Guerriero?

 

—Lamento que hayas empezado con ese desayuno tan triste —Leila ríe divertida—. La avena sonaba increíble y de pronto te cayó el rayo de la tragedia en medio del plato. 

 

Creo que soy una persona bastante sensible, porque si no, no podría hacer este trabajo que hacemos. No particularmente por ocuparme de estas historias, sino que me parece que un periodista es básicamente una persona que tiene un abanico grande de sensibilidades: desde la social hasta la que te ayuda a comprender la historia de otra persona. Hace falta una musculatura emocional fuerte para eso.

 

Pero a su vez soy una persona muy escindida. Cuando yo hablaba con las personas que están retratadas, y cuyos testimonios aparecen en ese y en otros libros, por supuesto me resultaba conmovedor y emocionante, pero creo que esa emoción tiene que quedar en el texto. Mi labor no es estar ahí escuchando y llorando con la gente, en ese sentido soy una persona bastante escindida. Cuando escucho estas historias potentes, en la base tengo clarísimo que esta gente atravesó situaciones muy extremas, que yo por suerte o por azar no tuve que atravesar, entonces poner a competir mi emoción con su emoción es un absurdo. Para mí nunca entra eso en la balanza. Siento que mi lugar ahí es tener espaldas para sostener el dolor del otro y estoy pensando en cómo voy a hacer para poder reflejar esa emoción en un texto, para hacer justicia a lo que me están contando.

—Me llama la atención tu libro Teoría de la gravedad (Libros del Asteroide, 2019) por la diferencia con el resto, me parece que es muy personal. 

 

 

—Es un libro de columnas. Yo tenía rondando en la cabeza que valía la pena hacer una recopilación y siempre pensé que las que se podían sostener mejor en el tiempo eran las que hablaban de la experiencia humana. Y justamente la palabra que usó Luis Solano (editor de Libros del Asteroide) fue que el libro tenía que tener una poética propia, y eso me dijo todo. Él me propuso poner un editor externo que hiciera la selección y el orden de las columnas, y le dije que de ninguna manera. Para mí eso es la escritura del libro, seleccionar y ordenar. Entonces fui como mi propia editora. Y las columnas son personales hasta cierto punto: el que salga del libro pensando que me conoce muchísimo, está equivocado. Es un libro bastante esquivo, yo aparezco y desaparezco todo el tiempo. 

—Siendo una escritora de perfiles, ¿quién crees que ha escrito el mejor perfil de Leila Guerriero?

—Me han hecho muy buenas entrevistas, con preguntas muy inteligentes, pero yo no soy objeto de perfil. Mi trabajo es estar de este lado de la cámara, no ponerme del otro. No es esa mi función en esta vida.

 

—Hablando de cámaras, ¿has pensado en hacer un documental? 

—Sí, sí. Yo miro mucho cine, muchos documentales, y me encantaría. Pero también considero que es un oficio que me resulta completamente ajeno. Es un trabajo de equipo, es muy distinto a lo que yo hago completamente sola, tomando decisiones conmigo, para mí, de mí, por mí… soy buena trabajando en equipo, pero acá se suma una técnica que yo no manejo. Siento que hay una línea directa con lo que yo hago porque escribo realmente pensando en términos de hacer un documental escrito, sería un hermoso desafío, pero me parece que hay que dedicarse durante un par de años a eso, y como me gusta tanto escribir, también me pesa quitarle protagonismo a la escritura. Es complejo. 

 

—En Los suicidas del fin del mundo escribes: “el dato dice, pero no explica”, y creo que es algo que tu trabajo sí hace, explicar. 

—Sí. Igual a mí me parece importante el dato, antes que nada el periodismo es periodismo. Entonces encontrarte con el dato es importante, pero claro, después hay que hacer algo con ese dato, no ponerlo seco en la página. Porque el dato es una cifra, no te lleva a la tragedia de una mujer golpeada, de un niño abandonado, o de una familia que pierde a alguien que se suicida. ⚫

 

Charla “En torno a la no ficción” con Leila Guerriero: jueves 1 de septiembre, 19:00 horas, en Laboratorio de Arte Variedades (Larva), ubicado en el cruce de Juárez y Ocampo. Guadalajara, centro.  

Foto cortesía de Emanuel Zervos

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