Arriaga provoca amores perros en Guadalajara

El escritor tuvo una intensa agenda de actividades durante su visita a la capital jalisciense; aprovechó cada espacio para provocar reflexiones

Por Angel Melgoza / Fotos de R. Cortés

Estamos en temporada de cerdos alzados.

 

Puercos de corral que se escaparon para sobrevivir en el hábitat natural de la vida silvestre y con los años se han mezclado con otras especies como el jabalí. En la región noreste de México, en Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, les llaman así, cerdos o marranos alzados. Debido a su alta tasa de reproducción y a la ausencia de predadores naturales, hay una sobrepoblación de estos animales. Son muy rápidos, difíciles de cazar, salen de noche. De esto y de su primera cena en la casa de Brad Pitt nos habla Guillermo Arriaga en el desayuno. 

 

Llegó a Guadalajara para una visita de cinco días. Tiene una agenda muy ambiciosa, llena de entrevistas con medios nacionales y locales, visitas a un centro empresarial, a un centro de detención de menores, a una universidad, a una secundaria pública, a un encuentro con lectores, a una conferencia magistral, a una librería e invitaciones a cenar. 

 

La tarde del martes 28 de junio, Guillermo Arriaga comienza las actividades. Esa noche habla cerca de dos horas frente a unas trescientas personas en el auditorio de la Cámara de Comercio de Guadalajara. Se extiende hablando de la violencia que ejercen los hombres y, muy a su estilo, pide:

 

“No la chinguen”.

 

Es muy directo cuando dice que a los hombres que se divorcian y se niegan a pagar manutención “hay que romperles su madre. No sean culeros, no sean codos, ¿por qué hacen eso?”. 

 

Tanto en la película escrita y dirigida por Arriaga, The Burning Plain, como en su última novela, Salvar el fuego, el autor conecta con uno o varios públicos femeninos. La película es protagonizada por tres mujeres (las actrices Charlize Theron, Jennifer Lawrence y Kim Basinger) y en la novela es el personaje de Marina, la coreógrafa que se enamora del preso José Cuauhtémoc, quien desencadena la narración. 

 

Una de las cosas más valoradas y promovidas por Arriaga es el coraje. La determinación. A los jóvenes que se encontraban entre el público los invitó a hacer lo que desean. Recordó algo que le dijo su padre:

 

“La educación no es para tener empleo, sino para estar en el mundo, y esto último significa tener conciencia de saber qué quieres”.

 

Saber quién es uno, conocerse, y tener la fuerza necesaria para luchar por lo que uno desea, un consejo constante de Guillermo. 

 

Un día Arriaga le pidió a Brad Pitt lo mismo que a los asistentes a esta conferencia, que se viera sus manos. Que las observaran. Y que así como las veían, esas manos un día serían las de un cadáver. Pero por el momento esas manos podían cambiar su presente, y determinar su futuro. Después de eso Brad Pitt le ofreció financiar una secta.

 

En la Cámara de Comercio le aplauden y piden autógrafos. 

 

***

 

Guillermo Arriaga se toma muy en serio su trabajo, que es escribir. Escribe todos los días. O al menos eso dice. No importa la agenda del día, no importa que haya salido de casa, no importa si su familia está de vacaciones. No importa si vino a Guadalajara a una serie de eventos. Él escribe. 

 

Por eso todos los días se duerme entre las cinco y las seis de la mañana. Pero anoche no pudo hacerlo. A las cinco llegaron sus vecinos de cuarto, hicieron fiesta, música, voces, ruido. No pudo. Con los ojos rojos, sonríe cuando nos cuenta que los malandros que él ha conocido en la vida eran gente de su propia colonia, la Unidad Modelo en Iztapalapa. 

 

Nunca buscó expresidiarios para preguntarles cómo eran las cárceles. No hace investigación para escribir. Imagina. Se alimenta de sus experiencias.

 

Pero hoy miércoles 29 de junio es el primer día en sus 64 años de vida que visitará un tutelar de menores. Es su primera visita o la más cercana a una cárcel en México.

 

En Estados Unidos conoció tres. Una de ellas, vacía, utilizada para filmar la película 21 gramos.

 

En otra, habitada, se perdió. Iba con su esposa y con sus hijos, de unos 10 y 11 años. Acabaron los cuatro en un área cerrada con presos afroamericanos que jugaban cartas. Un negro notó su presencia. Guillermo mantuvo la calma.

 

“I think we are lost”, le dijo Guillermo. “How do we get out of here?”.

 

“You tell me”, le respondió el reo sonriendo. 

 

La visita al centro de detención de menores, conocido como tutelar, lo marcó.

 

Estuvimos dentro unas tres horas, pero el tiempo pasó muy rápido. No fue solamente que estábamos sin relojes ni celulares (prohibidos al interior del centro), sino que la dinámica de diálogo y escucha fue permitiendo a los jóvenes detenidos (que esperan o cumplen sentencias por crímenes graves) abrirse con el escritor. 

 

Arriaga los abrazó a todos y lo que comentó afuera sigue resonando en mí:

 

“Es impresionante cómo homicidas te pueden dar ternura. Son chiquitos, delgaditos, y se abrazan muy fuerte. Uno dijo que él mataba porque tenía una herida muy profunda, muy grande, y yo le susurré al oído, ‘tú no vas a curar tu herida, la tenemos que curar entre todos’”.

 

Escuchamos cosas muy duras, crímenes muy graves en rostros muy jóvenes.

 

Con aquella experiencia a flor de piel llegamos al ITESO, universidad jesuita. Esta comunidad fue sacudida el pasado 20 de junio cuando dos sacerdotes fueron asesinados en la sierra de Chihuahua por personas relacionadas a grupos criminales.

 

Arriaga abrió la conversación con un chiste. 

 

“Yo trabajé muchos años en la Ibero. Les estaba contando que me corrieron, bueno nos corrieron a todos. Di veinte años clases en la universidad. Y una vez un papá entró con su hijo al estacionamiento y le dijo:

 

‘¿Para qué quieres un Lamborghini? Ahí hay un Caribe 1976, un Pacer, un Aztek del ’80’.

 

‘Papá, estás en el estacionamiento de maestros’.

 

Las cerca de cien personas que estaban en el público se carcajean.

 

“Es que pagan bien poquito la neta”.

 

Así, con historias, anécdotas y chistes, Guillermo fue llevando una conversación que se tituló “Fronteras entre el cine y la literatura”. 

 

Eran casi las ocho de la noche cuando regresamos al centro y dejamos al autor en su hotel.

***

 

Ya el sol estaba bien alto cuando llegamos al oriente de la ciudad. El calendario marcaba el jueves 30 de junio, y el reloj las doce horas. A un costado del antiguo Penal de Oblatos se encuentra la Secundaria Mixta Número 8, una escuela de más de mil alumnos en el turno matutino y otros cuatrocientos en el vespertino que además recibe a jóvenes con discapacidad. Cerca de cien alumnos son ciegos, sordos, o padecen alguna discapacidad intelectual o cognitiva. 

 

La escuela se encuentra en un barrio que hace treinta años provocaba miedo entre los habitantes de la ciudad; se había constituido un ecosistema de poco o nulo respeto a la autoridad, y como dice el dicho “haz fama y échate a dormir”. Hasta a la enfermera que llegó hace unos meses le advirtieron del riesgo que corría en la zona. Nada más exagerado, comenta un profesor que desde hace más de 25 años imparte clases aquí:

 

“Antes sí era de cuidado, pero ya se ha calmado completamente”.

 

Juan Manuel, el chofer que nos ha traído hasta aquí, estudió en esta escuela en los años setenta, y no la reconocía:

 

“Está muy limpia, con murales. Antes estaba toda rayoneada”. 

 

Arriaga se para frente a una enorme multitud de adolescentes y cuerpo docente que han sido reunidos en las canchas de básquetbol de la escuela. Lo saludan agitando las palmas de las manos con los brazos extendidos, es un aplauso en lengua mexicana de señas. 

 

“Me voy a quedar parado porque si no van a decir ¿quién es ese pelón que está sentado? […] Me estaba contando el director que en esta escuela hay personas que tienen capacidades distintas. Les mando un abrazo muy fuerte a todos mis compañeros con capacidades distintas, ustedes saben que no son personas con discapacidad; ven el mundo distinto, se relacionan con él distinto, y tienen otras capacidades que nosotros no tenemos”. 

 

Leer sirve para saber lo que uno quiere en la vida, eso les dice Arriaga a los alumnos.

 

A continuación solicita voluntarios para que en frente de todos los ahí presentes se declaren su amor.

 

Dos jovencitos confiesan los nombres de las compañeras. Una chavita levanta la mano, pasa al frente.

 

Guillermo le pregunta:

 

“¿Quién es el afortunado?”.

 

“Es afortunada”, le responde y la escuela estalla en alboroto.

 

Pasa al frente la afortunada.

 

“¿Tú ya sabías que le gustabas?”.

 

“Sí, somos novias”. 

 

El escritor sortea la marea que significan cientos de adolescentes reunidos. Detrás de él hay decenas de cartulinas con resúmenes de la novela La tumba de José Agustín (de la que además presentan una obra), y semblanzas del propio Guillermo Arriaga. Le entregan un plato artesanal, un retrato hecho por una alumna y le presentan a algunos de los alumnos ciegos. El autor se retira el cubrebocas y los invita a que toquen su rostro.

 

“Mira cómo soy, toca mi cara”.

 

El evento termina y decenas de alumnos se acercan para pedir su autógrafo o una fotografía. Como rock star, Guillermo tiene que ser escoltado hasta las escaleras por donde sube al salón donde se ha preparado una comida. 

***

 

Esa misma tarde Guillermo platicará con las diez personas ganadoras de un concurso hecho por esta revista literaria para pasar una hora junto al escritor y obtener una copia de Salvar el fuego.

 

Arriaga es muy cuidadoso con el tema del covid. Permanece con su cubrebocas casi todo el tiempo y lleva en el cuello un purificador de aire.

 

“Me lo vendió una amiga escritora, costó tres mil pesos. Más vale que funcione la chingadera”. 

 

 

Arriaga bebe coca-cola. Es abstemio. Nunca ha bebido alcohol ni fumado. Pero una juventud llena de peleas que le ha hecho perder casi por completo el olfato y el accidente que casi lo mata (donde se obsesionó con el pasado, presente y futuro de la tragedia, estructura narrativa que utilizó para el guión de cine Perro negro, perro blanco, que después se llamaría Amores perros y que lo catapultaría a la fama) le ha causado complicaciones médicas que mezcladas con el covid podrían ser muy graves. 

***

 

En punto de las 19:00 horas Guillermo pasa frente al escenario del Laboratorio de Arte Variedades (LARVA) que alberga a un poco más de 250 personas. Casa llena.

 

El crítico e investigador cinematográfico Guillermo Vaidovits media una conversación que Arriaga abre entre el público y ellos dos. Lee fragmentos de sus obras, ilustra su forma de trabajo, responde a las preguntas del público: sobre sus lecturas, sobre sus textos para cine, cuenta anécdotas, y rescata las visitas al tutelar de menores y a la Secundaria 8. 

***

Para el viernes primero de julio Arriaga está fundido.

 

No ha parado de hacer visitas y otorgar entrevistas. El cansancio acumulado debe ser enorme, más si para este punto sigue escribiendo por las noches. Después de las entrevistas de la mañana pide un tiempo fuera, y se reactiva con la firma de libros que tiene programada a las siete de la tarde en la librería Gonvill sucursal Chapalita. 

 

Ahí también conversó con el público.

 

Un hombre colombiano que está videograbando las respuestas del autor comenta que está muy preocupado por la situación de violencia que se vive tanto en su país como en México y América Latina:

 

“Me he encontrado cabezas tiradas en el suelo, cuerpos descuartizados, porque yo hago reportajes, ¡eso me impacta! ¿Usted piensa que una sociedad necesita todavía más violencia? ¿Todavía más terror? Digo yo, porque no lo puedo comprender”. 

 

La narrativa de Arriaga, sus novelas, sus textos para cine, suelen incluir buenas dosis de violencia. En su última novela uno de los protagonistas es un multihomicida. A lo largo de su visita pensé en esto, y en el estado de nuestro país, en los altísimos niveles de violencia a los que nos vemos expuestos diariamente en los medios, en las historias de nuestros seres queridos, en las calles.

 

Escuchando la entrevista que le hizo el periodista chileno Polo Ramírez a Arriaga para el programa de televisión La belleza de pensar, encuentro algunas claves.

 

En ella Guillermo dice que “toda vida humana tiene un peso y un valor”, y hace un énfasis especial en luchar contra la banalización de la violencia.

 

Pone como ejemplo al director Tarantino, a quien le parece graciosísima la violencia, porque vive en Laguna Beach, en un entorno protegido, viendo películas de karatecas hongkoneses.

 

“Pero quien vive en Caracas, México, Bogotá, Santiago, Buenos Aires, sabe que de pronto le ponen una pistola en la cabeza y las cosas pueden salirse de control […] Mi trabajo ha estado orientado a eliminar esa banalización de la violencia. Si bien hay violencia en todo lo que escribo, los personajes terminan por asumir que esa violencia provoca una reacción, tiene una consecuencia”. 

 

Pensar. Creo que esa podría ser una de las consecuencias de escuchar, leer o ver los trabajos de este escritor indomable llamado Guillermo Arriaga. ⚫

1 Comment

  • Jose González Guzmán

    La visita de Guillermo Arriaga vino a oxigenar el ambiente cultural y el hecho de que Guadalajara sea agraciada con el nombramiento de Capital Mundial del Libro, nos regocijan a muchos. En particular las aportaciones de Arriaga, son estimulantes y provocadoras, creo que muchos tapatios hemos abrevado de su ejemplo y sus consejos. Gracias.

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