“He sido formado por mis relaciones con mujeres”: Francisco Goldman

Entrevistamos al escritor y periodista estadounidense de origen guatemalteco a propósito de Monkey Boy (Almadía), su más reciente novela. El autor de La larga noche de los pollos blancos y Marinero raso, habla sobre cómo la vida del escritor se cuela en la literatura

Por Ángel Melgoza / Fotos: R. Cortés y Eva Becerra (cortesía FIL)

Un mensaje de una mujer con quien Francisco Goldman había guardado una obsesión adolescente despertó una serie de recuerdos que ya venían apareciendo desde la dolorosa escritura de su novela autobiográfica Di su nombre (Sexto Piso, 2012). 

 

 

El autor presentó en la pasada FIL Guadalajara su más reciente novela, Monkey Boy (Almadía, 2022), que ha sido galardonada con el American Book Award 2022 y con la que fue finalista del Premio Pulitzer de Ficción.

 

 

La novela le tomó siete años de escritura, y en ella recorre en paralelo episodios muy parecidos a los que él mismo vivió, y que en la novela están narrados por un entrañable personaje peculiarmente llamado Francisco Goldberg.

 

 

Además de su trabajo como novelista, Goldman publica historias de no ficción en medios como The New Yorker, Harper’s Magazine y The New York Times.

 

—Escuché en la presentación de la novela que la periodista Mariana H. dijo que incluso para ella, que había crecido con un padre difícil, el libro le parecía un espacio donde se sentía reflejada y acompañada en el recuerdo de un padre violento. 

 

—Realmente nunca había escrito sobre mi papá, este libro, aunque es más novela que los tres [se refiere a sus libros Di su nombre (Sexto Piso, 2012) y El circuito interior, una crónica de la ciudad de México (Turner, 2015)], hacer un ciclo para mí que empieza en 2007 cuando muere mi esposa Aura, en un accidente de surf en Oaxaca, fue una cosa tan devastadora que fue muy difícil cargar con eso por años, y eso me llevó por primera vez a escribir de manera íntima.

 

 

Antes todas mis novelas eran sobre otras cosas, pero en mi duelo y en mi rabia salió una idea muy rara. En Di su nombre el noventa por ciento de la novela es sobre Aura y yo, pero en un momento hablo de mi familia y cuestiono por qué me había tardado tantos años en poder tener una relación romántica sana, dar y recibir amor. Y ahí, casi como en un berrinche, pienso “quizás es porque mi papá creó una familia tan tóxica y violenta, que no había nada de amor en mi familia”, nunca vi ningún gesto de caricia, nada durante toda mi vida en esa casa. 

 

 

Quizás esa era la raíz del problema y estaba furioso. Pensaba “si no hubiera sido por mi papá, me hubiera casado a los treinta y nunca me hubiera casado o conocido a Aura, y entonces ella estaría viva, ¡es tu culpa!”. Era un brote de locura, de rabia. 

 

 

Pasaron todos estos años y es curioso que nunca había escrito sobre la figura de mi papá, que había sido una cosa tremenda, un ogro; yo creo que hay muchos mexicanos y guatemaltecos también que han tenido que aprender a convivir con ese tipo de violencia doméstica. 

 

 

Y ahí arrancó la novela. Pero la novela es mucho más que eso, es como un coro de voces femeninas. 

 

 

Goldberg visita cuatro o cinco personas en cuatro días, todas mujeres. Dos mujeres guatemaltecas que de distintas maneras ayudaron a criarlo cuando era niño; su primer amor Marianne; habla en el teléfono mucho con su hermana Lexi; está Lulú por supuesto [la chica con la que Francisco está saliendo después de cinco años sin relaciones]; y al final de la novela está la sobrina del pintor que hizo el retrato de su madre cuando estaba embarazada de él. Y eso es puro surrealismo. Es como quebrar la cuarta pared del realismo en esas últimas cuarenta páginas. 

 

 

Toda mi vida he sido formado por mis relaciones con mujeres, en parte creo que eso ha sido un refugio, una manera de protegerme de relaciones con hombres violentos. 

—En la presentación comparaban la figura del bully de la novela —Ian Brown, quien ridiculiza a Goldberg con el apodo de Monkey Boy y le arruina la adolescencia pues desde entonces tiene dificultades para salir con cualquier niña— con la figura de Donald Trump.

 

—Fui famoso por ser súper cuate de todas las niñas y quizás algunas en secreto me querían, pero no tenían la valentía de enfrentar la burla, como es el caso de Marianne; y lo que ella me hizo fue horrible, pero hay mucho humor en ello, igual que hay mucho humor en cosas que hace Donald Trump; humor negro o del tipo “no puedo creer que hizo eso”; y te ríes, de lo absurdo… 

 

 

Pero yo sólo estaba escribiendo sobre Ian Brown. Sobre mis recuerdos de este personaje en mi niñez. Ya estaba como a la mitad del libro cuando ¡surge el fenómeno de Trump! Antes pensaba que Ian Brown era sólo un personaje… 

—¿Cuándo empezaste la novela?

 

—En 2013. Tardé siete años. Y Trump surge en 2016. Me doy cuenta que Ian Brown ya no sólo es un personaje, sino un arquetipo de un fenómeno muy gringo que está muy presente en su cultura. Un arquetipo que domina vidas y el país (Estados Unidos). Es realmente importante estudiarlo y conocerlo.

 

Ese es un elemento. Pero, por ejemplo, es casi un lugar común que la gente dice que mi libro hace vínculos entre la violencia doméstica, personal y política. Valeria Luiselli lo dice en la portada, y seguro están hablando de eso, pero también están hablando del bullying letal que es la manera en que Estados Unidos siempre ha tratado a países como Guatemala. 

 

—¿Cómo es el proceso con este tipo de libros en los que tienes que escarbar en temas personalmente muy dolorosos? Porque hay personas que pasan muchos años antes de poder escribir sobre ellos.

 

—Todo tiene su momento, sólo puedes escribir sobre lo que te interesa, lo que te está preocupando en ese momento, Realmente nadie te puede decir “mira, yo creo que tú deberías de escribir una novela sobre la frontera y la crisis migratoria”, yo no podría. Escribir una novela toma años y tiene que haber una convulsión que viene de adentro, que no te deje hacer otra cosa. 

 

Mucha gente cree que (Monkey Boy) son memorias o que es un libro estrictamente autobiográfico, y no lo es. Por ejemplo, el tono en el que empieza el libro es el de un narrador que juega con los paralelismos que hay entre él y yo. Le doy un nombre casi como el mío [el personaje se llama Francisco Goldberg], y él dice “estoy tan harto de estar solo, cinco años desde mi última relación y quiero que esto termine”. 

 

En la novela él tiene 49 años, y ha estado solo por cinco años desde su última relación que fracasó; una relación de mucha pasión que él quería que funcionara y al no funcionar se desmoraliza. Pero para mí no era así: cuando empecé la novela ya estaba regresando a la vida, pero quería mirar atrás y trabajar ese tema. 

 

En la novela Francisco Goldberg nunca conoció a Aura, y hay un pequeño guiño en Monkey Boy porque en un momento él recuerda haber estado en el tren un día en que hay una tormenta de nieve. El tren se para por horas porque una docente se suicida, y él estaba yendo a una conferencia literaria en [la universidad] NYU en Nueva York para presentar al escritor Jorge Borghini [realmente llamado José Borgini], pero no va a llegar. Si has leído Di su nombre, sabes que en esa presentación es donde conoce a Aura, y dirás “¡ah, no conoció a Aura!”, pero eso no es importante. La escena en sí misma es importante porque parte de esta novela sucede en el tren, yendo a Nueva York y Boston a visitar a su madre.

 

En Monkey Boy Francisco tiene cinco años sin haber tenido ninguna relación después de esta jovencita que conoció cuando daba clases en Brooklyn [Nueva York], en un programa de voluntariado por las tardes, enseñando a niños inmigrantes, y eso es cierto porque yo daba una vez a la semana un taller de escritura de cuentos a niñas entre seis y siete años, chistosísimas, y hay escenas con ellas en el libro. Veía cómo venían a recoger a las niñas e imaginé, porque Lulú es un personaje ficticio, imaginé que ahí [Francisco] se iba a enamorar de esta chava y es importante porque él es súper outsider, alguien que anda solo en la vida, no pertenece a ningún grupo, y ella es una joven migrante indocumentada. Se conocen y empiezan esta relación. 

 

—Tú también eres periodista y escribes no ficción, ¿cuáles son las bondades que le encuentras a una y a otra, a trabajar desde la ficción o la no ficción?

 

—Yo realmente odio escribir no ficción. Lo odio, lo detesto, y lo hago como si fuera una tarea de escuela, para ganar dinero o por activismo, porque me siento obligado. 

 

—¿Como en el caso de El arte del asesinato político (Anagrama, 2007), libro sobre el asesinato de Juan Gerardi, arzobispo de Guatemala?

 

—Cuando era joven fui a Centroamérica saliendo de la universidad porque me quería hacer novelista. Como hijo de una migrantes centroamericana sabía que ahí estaba arrancando una guerra, así que pensé “ahí está mi territorio, ahí voy a hacer mi novela, tengo que ir a aprender todo lo que pueda aprender”.  

 

Estaba muy influido a esa edad por escritores como Gabriel García Márquez, V. S. Naipaul, Graham Green, que combinaban ficción y no ficción. Tenía 23 ó 24 años y llegué ahí a finales de los años 70, cuando estaba ocurriendo la guerra en Nicaragua y estallando la guerra en Guatemala y en El Salvador, y me quedé más de una década. Yendo y viniendo, pasando estancias en Nueva York y regresando. Pero a veces regresando y no saliendo por dos años. 

 

Esa es mi primera escuela, y eso me formó en muchos sentidos: de manera política. Siempre he sentido una especie de obligación, un deber, una responsabilidad. En mis veintes yo no podía escribir ficción sobre eso. Era un niño de los suburbios de Massachusetts, a pesar de tener mamá guatemalteca. Ese tema me quedaba muy grande.

 

Pasaron años para comenzar mi novela, aunque tampoco tantos, cuatro o cinco, porque arranqué mi novela en 1986. Pero para sobrevivir, para aprender, para tener aventuras, hice periodismo. 

 

—Me imagino que tiene más limitaciones…

 

—¡Es aburrido! Es interesante reportear, lo que haces con tu cuerpo en el tiempo y el espacio, conocer gente y extraordinarias amistades, pero es puro trabajo, tarea, no es creación literaria, es completamente distinto. 

 

Hay una razón por la que tardé tantos años en escribir esta novela y es que es un libro muy cercano a mi vida, tiene un tono muy íntimo, y mi vida cambió tantas veces en el transcurso de esos siete años… Me enamoré de nuevo, me casé, tengo una hija, murió mi mamá, y cada vez que estas cosas pasaban, algo en mí cambiaba, no era yo la misma persona cuando terminé la novela. 

 

—¿Eso se refleja en el texto?

 

—Creo que sí y muchos críticos lo notaron. James Wood [crítico literario del periódico inglés The Guardian] lo notó. A pesar de todas las cosas duras y oscuras que cuenta el libro, uno siente cierto optimismo, uno lo nota en el tono. 

 

La verdad este libro tiene algo dialéctico. Hay dos fuerzas opuestas y de ellas sale la energía creativa que hace la novela. Empieza en esta soledad pensando mucho en la violencia del padre; y termina con optimismo, con una felicidad en la vida, y todo lo que representa una mujer tan llena de luz y a la que le gustaba tanto reír como mi madre.

 

Yo había empezado la novela sintiéndome muy harto del duelo, solo, y la terminé siendo padre de familia. 

 

—¿Hay algún acontecimiento que te hizo sentir un primer impulso para escribir esta historia?

 

—Sí, hay un detonante. Creo que es cuando me escribe Marianne, que tiene otro nombre en realidad. Esa escena en el libro donde él va a cenar con Marianne en Boston y revive todo ese episodio de su adolescencia, porque siempre ha estado obsesionado con esa relación con Marianne que solo duró tres meses, pero él estaba enamoradísimo de ella, pero ella no se atreve a salir con él. Es una relación de amistad, pero muy cercana. Se hablan en el teléfono por horas cada noche y en realidad hay ciertas memorias de ella que nunca he olvidado. 

 

Es precisamente la memoria que tengo de nuestra última llamada de teléfono donde yo estaba convencido de que ella estaba tratando de confesarme algo. Todos estos años he pensado que ella quería decirme que me quería, ¡aunque seguro que no! Pero yo pensaba eso… Entonces me escribió, me escribió como en la novela, vía Facebook, y pensé “aquí estamos tres décadas después, y ella me escribe, ¿por qué esos tres meses le importan tanto a ella?, ¿quién soy yo para ella?”. Exploro eso en la novela, pero esa escena que ella y yo tenemos en la novela nunca sucedió.

 

Ahora nos escribimos de vez en cuando, a ella le gustó mucho el libro. Dice que no se acuerda de esa última llamada. Mi tesis es que cuando ella sale con Ian Brown, quien la seduce y destruye, le hace algo tan cruel como lo que me hizo a mí. De hecho es la máxima expresión “trumpiana” lo que él hace, y que en realidad sucedió. Me imagino que ella me buscó porque quería hablar de eso conmigo. 

 

—Hay escenas muy cinematográficas en la novela. 

 

—Las hay, yo también lo creo, y alguien ya compró los derechos, a ver qué pasa.

 

—¿Qué libros te han llamado la atención en esta feria? ¿Qué has comprado? 

 

—¡Libros de niños! No puedo creer la cantidad de libros de niños que llevo a casa… ⚫

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