Remolino de recuerdos: palabras en torno a David Huerta

La muerte del autor de Incurable, La música de lo que pasa y El azul en la flama, entre otros libros, ha ensombrecido las letras mexicanas. Escritores jaliscienses que gozaron de su influencia y amistad hablan sobre su legado 

Por Ángel Melgoza / Fotos cortesía FIL Guadalajara (Pedro Andrés y Natalia Fregoso) 

“Envuelvo las manos que han tocado el cosmos

y se hundieron en el místico lodo,

 

regresaron a los rostros y ahora 

se abren en la sombra como palabras.” 

Envoltorios — DAVID HUERTA

 

 

“¡No me digas! Ay no, qué pena tan grande”, reacciona la poeta Patricia Medina del otro lado de la línea, “pensé que le iban a dar algún premio, es una pérdida muy grande para la poesía mexicana”. 

 

 

“Tuve la suerte de conocerlo hace cerca de treinta años”, cuenta el ensayista José Israel Carranza. “Era un momento en el que estaba por tomar decisiones para eso que algunos llaman la vocación, y conocerlo me sirvió para saber muchas cosas que no han dejado de guiarme”.

 

 

“Cuando lo conocí, David cantaba”, escribe el poeta Ricardo Yáñez. “Lo escuché cantar ‘Diamonds and Rust’, de la Báez, que me deslumbró, bien que por más que se lo pedí nunca volvió a cantarla”.

 

 

“El primer libro que leí de David Huerta se llama Cuaderno de noviembre y he de decir que me cautivó desde su primera línea, que recuerdo perfectamente: ‘Hay una menuda profecía en la pared más pobre del aire’”, refiere el poeta Jorge Esquinca.

 

 

Hace cuatro años, el poeta Luis Vicente de Aguinaga escribió en el libro Ventanas a la literatura mexicana un artículo que dice que no es temerario asegurar que la poesía para David Huerta es ese remolino que describe en el primer verso de su poema Palabras: “Restos impuros de palabras vuelan entre papeles azules”. 

 

 

Ese remolino de palabras, dice Luis Vicente, “que a veces incompletas, arrancadas de otros discursos, andan en busca de sentido y, al formar series con otras palabras, frotándose con ellas, aceleran la espiral del ritmo”. 

 

 

En su cuenta de Facebook el poeta Ernesto Lumbreras recordó los días que pasó, junto a David Huerta y Orso Arreola en Zapotlán el Grande, durante el Coloquio Arreolino donde “David estuvo brillante y seductor a la hora de compartir su ponencia, sencillo y fraterno con los escritores de la localidad, dicharachero y bromista con Orso”.

 

Era 2019, año en que Huerta fue declarado ganador del Premio de Literatura en Lenguas Romances otorgado por la FIL Guadalajara.

 

 

“Todo era júbilo y buen humor. Proyectos y festejos —escribe Lumbreras—. Llegó la FIL y el poeta laureado hizo un discurso memorable, de una lucidez hermanada con la generosidad, una defensa de la poesía en un momento de crisis y peligros inminentes”. 

Nacido el sábado 8 de octubre de 1949, David Huerta es hijo de una de las máximas figuras de la poesía nacional, Efraín Huerta, y de una destacada feminista abocada al trabajo y la lucha social, Mireya Bravo Munguía. Es el primer poeta “nacido en estos valles y llanuras, en estos lugares empapados en lágrimas y sangre, que forman el país llamado México”, en recibir el premio. 

 

En su discurso de Guadalajara, el autor de Incurable habló del mejor poema del mundo, ese que es capaz de instalarse y de resonar en un infinito remolino de imágenes, sensaciones y significados: “podemos escuchar, ver, leer, citar el mejor poema del mundo si somos capaces de mirar ese lugar donde se ha instalado […] la mente humana, la mente de cada uno de nosotros, la mente de todos, la mente humana es el mejor poema del mundo”. 

 

Fue esa mente despierta de David la que destacó en su trabajo no sólo como poeta, sino también como traductor, columnista, ensayista y académico. Huerta sobresalió también en el periodismo, publicando en diversos periódicos y revistas nacionales; y en la academia, siendo profesor-tallerista de varias generaciones de autores mexicanos. 

 

Uno de los principales aprendizajes que rescata José Israel Carranza, quien cada año participaba del Curso Nacional de Literatura Contemporánea que impartía Huerta en Guanajuato, es que “la literatura principalmente tiene sentido como una forma de la amistad; que se sostiene en el trato con los amigos y en la necesidad de construir algo juntos”.

 

Carranza y Huerta, contra los designios históricos, construyeron una amistad cercana, y José Israel pasó a formar parte de una comunidad que describe como “deudores de esa amistad y de ese magisterio que nos obsequió David”. 

 

En palabras de la poeta Patricia Velasco, el fallecimiento de David Huerta es un luto mayúsculo. 

 

“Se nos fue no solamente el enorme poeta del que aprendimos muchos, sino el ser humano inteligente, sabio, cercano y sensible a las cosas de su tiempo, comprometido con lo justo”. 

 

También Jorge Esquinca destaca la amistad de David, que junto con su poesía, su conversación y su prosa, enriqueció su vida: 

 

“David se sumergió en cuerpo y alma dentro del agua viva del lenguaje, y regresó de ahí con peces rarísimos, con esos peces deslumbrantes que son sus poemas. Creo que una de las grandes virtudes entre muchas que tiene la obra poética de David Huerta es precisamente el haber hecho brillar a nuestra lengua, a nuestro idioma, con la mayor cantidad de registros posibles, con la mayor cantidad de texturas, de ritmos, de incandescentes precisiones. La poesía de David es luminosa y es compleja, es tierna y es terrible a la vez, y todo eso hay que agradecérselo porque sin él nuestra vida, la vida misma del espíritu, sería mucho más pobre”.


David Huerta falleció el pasado lunes 3 de octubre, pero continuamente nace al ser leído, releído y recordado. ⚫

ANTES DEL BRINDIS, VINO LA FOTO DE GRUPO

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