Poesía abrasadora

Jorge Esquinca, Silvia Eugenia Castillero, Luis Armenta y Luis Vicentes de Aguinaga leyeron en voz alta una selección de su trabajo

Por Ángel Melgoza

“Esperemos que la poesía de estos notables autores que nos acompañan sea también viento fresco para todos nosotros” dice Verónica López, quien presenta la tarde del 24 de abril el Coloquio Viva la Literatura con los poetas Jorge Esquinca, Silvia Eugenia Castillero, Luis Vicente de Aguinaga, y Luis Armenta Malpica.

 

Aquí reproducimos uno de los poemas que estos autores leyeron a lo largo de una hora de lectura en el Paseo Fray Antonio Alcalde.

El poeta, ensayista y traductor Luis Vicente de Aguinaga (Guadalajara, 1971), quien es ganador del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2004 y del Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2005, comenzó leyendo su poema El Sueño:

 

Todo el amor, si es mucho, es poca cosa.

Todo el amor, si es poco, es demasiado.

La noche, tras arder, se ha disipado

y el sol es la persiana en que se posa.

 

De luz, no de razón, es la dudosa

orilla de los cuerpos. Lo deseado

vuelve del sueño al día y, a su lado,

lo sueñas tú, rozándolo, deseosa.

 

El ruido es más tenaz que la mañana

y al cabo llegan voces del presente

que conducen el mundo hacia la tarde.

 

Todo el amor, si enferma, también sana

y es poco, y es de noche, y no se siente

y sueñas otra vez, y otra vez arde.

 

Luis Armenta Malpica (Ciudad de México, 1961), poeta, ensayista y director de Mantis Editores, cuyos poemas han sido traducidos a más de diez idiomas leyó, entre otros, su poema Presuntos implicados:

Algo se me fue contigo…

Manuel Alejandro

Algo se nos va

perdiendo con la literatura: alguna

libertad de ser románticos, ilusos, cursis, por el temor a parecer

menos intelectuales (quizá desencantados) en un siglo que apuesta

por la deshumanización y la homogeneidad

aunque la disfracemos de sarcasmo y frescura. Se le llama poesía

a casi cualquier cosa fuera del corazón, mientras

no duela, no incomode las vísceras, pero sí las pupilas

de quien afuera lee, quien aplauda las ausencias de un pálpito

que ensucie la humanidad en uso. Borrón en el papel

sin que nos manche el músculo o el hueso. Ese “yo”

ahora maldito, bastardo, insuficiente

para hablarle de usted y respetuosamente a lo que no comprendo

y aparto de mi vista para no avejentarme de ese “nos”

ya tan lejos de “mí” que parece otra cosa. Pero ellos

lo sabrán: a “yo” no le interesa lo que no arde.

“Yo” no es algo que al otro me preocupe.

 

Me preocupas más “tú”. Si tú te vas

se muere lo que pienso, aunque no escriba.

Robert Frost nos conmina a cambiar las ideas por lenguaje

pero no es tan sencillo. Ya vi que los pronombres

alteran nuestro ritmo. Imagina si ocurre

la síncopa del alma. Yo tendría un aneurisma

en el verbo vivir. No podría conjugarlo

si no implica estar juntos.

Por eso pienso en “tú”.

 

Si el corazón dictara los etcéteras

no agobiaría la espera con su temblor de sueño.

Ese cuerpo que abandona su gis en la figura

echada en los supuestos, como si todos

los presuntos implicados fueran Dios, pensaría:

el sexo del poema es infinito

pero el género es todos.

 

Y luego (porque existo) me duele más tu madre

que se nos fue

unos años después de nuestra boda. Y no hay verso en el cual pueda

dudar si es que hubo incendio. No hay

poema que pueda cicatrizar la herida de tus ojos

ni ese cielo nocturno de algunas desveladas.

La jurado lo sabe. También ella se ha ido

aunque el juicio final sea una escalera

que baja al corazón de todos (por lo tanto, ninguno).

 

El dolor no me sacia ni me llena.

La poesía no embellece si hace falta

en la palabra madre o la silabación

del hijo (¿qué pronombre?).

Las palabras nunca

nos transparentarán como una

lágrima: su reflejo

inexacto

da cuenta de las pérdidas

cuando los que se van

somos otros

no ese tú

que nos hizo

del ojo al corazón

en su ceguera.

 

Si hubiera un dios en la poesía

…………si no se hubiera ido de los poemas

serías el unigénito

…………aunque te condenaran

nada más

…………por ser

……..tú

el exilio de todos.

 

Pero si hubiera un dios en la poesía

estaría en ese gis, cual residuo del fuego

que da forma a la ausencia.

Recién desempacada de París, la poeta Silvia Eugenia Castillero (Ciudad de México, 1963), quien además es directora de la revista literaria Luvina de la Universidad de Guadalajara y profesora investigadora del Departamento de Letras del CUCSH (Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades), leyó algunos poemas sobre los migrantes que atraviesan México y que se incluyen en su libro En esa delgada separación

PRIMERA MORADA: VIAJE 

1.

La milpa gotea,

hojas largas y filosas guillotinan

los cuerpos caídos.

Los vi rodar hacia el campo

sobre el paisaje. Salpicaban.

No hay pueblo, solo migrantes;

la gente viene a venderles comida

sillas, baños; les venden sueños

hasta que los desgranan.

Y los dejan en las milpas.

Colgados.

En el interior de la planta

algo se asfixia, un gusano

se la come por dentro y la deforma

hasta parecer un arbusto espinoso.

 

4.

Troncos y varillas en sus manos alargan la madrugada.

Cara de guerreros, dedos como poleas

se enlazan al techo del tren.

Irán lejos a toparse con el norte.

Las manos giran como ejes de maquinaria,

juntas todas se confunden:

tornillos, engranes,

los cuerpos se amalgaman

atados al metal.

Brazos y piernas pierden el quicio,

comienzan a caer.

Torsos y cabezas.

Y los campos.



El último en leer fue el llamado ‘poeta de la ciudad’, traductor, ensayista y editor Jorge Esquinca (Ciudad de México, 1957), quien fue columnista de la revista Vuelta y editor del suplemento Nostromo, del periódico Siglo 21; es reconocido por su aportación cultural a Guadalajara, y en esta ocasión leyó, entre otros, el siguiente poema de una secuencia de fábulas relacionadas con la infancia: 

 

Se levantó la tolvanera. Íbamos cruzando el campito, rumbo al colegio de las teresianas. Entonces se alzó el remolino. Era como un polvo de muchas raíces, piedras, carrizos. Al entrar te picaba la cara, las manos, las rodillas. Picaba en todo sitio descubierto. Pero se sentía un como arrullo y quisiéramos estar ahí toda la tarde. Isabel, morena de trenza larga, gritó «los remolinos son el diablo y se llevan a los escuincles que dicen malas palabras, así que cállense.» Atravesamos la enmudecida tolvanera. Yo ya me sabía lo de chingado-puto-cabrón, pero me quedé callado, pues creía en el diablo y además me gustaba Isabel. Luego pensé, hubiera probado, sólo para ver si era cierto.



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CRÉDITO DE FOTOGRAFÍAS: R. Cortés / GCML

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