“Siempre estoy mirando a la gente”: Kikodze

Admirador de García Márquez, Vargas Llosa y Roberto Bolaño, Archil Kikodze visitó en días recientes la capital tapatía para asistir al cambio de estafeta de la Capital Mundial del Libro entre Tiflis (Georgia), su ciudad de origen, y Guadalajara. En entrevista habla sobre el oficio literario

Por Angel Melgoza / Fotos de R. Cortés

Visito a a Archil en el departamento que la organización de Guadalajara Capital Mundial del Libro ha rentado para él. cuando el autor despierta se asoma al balcón, mira la Plaza Reforma, y fuma. Eso ocurre temprano, entre las cinco y las seis de la mañana. Ahora ya son las nueve, pero sí, Kikodze ha dormido poco en Guadalajara. 
Archil Kikodze ha publicado tres novelas en una lengua, la suya, que hablan poco más de cuatro millones de personas en su natal Georgia. Su novela El elefante meridional ha sido traducida ya a cinco idiomas, pero entre éstos no se encuentra aún ni el inglés ni el español.

—Hacerte una entrevista puede ser difícil porque no hemos tenido la oportunidad de leer tu trabajo, aunque encontré un fragmento de El elefante meridional; en Camaleón tenemos una traducción inédita de ese fragmento al español. 

 

—Existe ese pequeño extracto en inglés, sí; y espero que muy pronto sea traducida al español, mientras tanto la novela está traducida, de los grandes idiomas, al alemán. Y otros idiomas más pequeños, polaco, búlgaro, azerí, rumano… Aunque el polaco no es tan pequeño, hay unos 40 millones de hablantes. 

 

—Leí que esta novela se desarrolla en un día en Tiflis, la capital de Georgia (y sede pasada del programa Capital Mundial del Libro de la UNESCO), y es una historia acerca del tormento, frustración, camaradería y soledad de un director de cine que decide tomar un descanso de su actividad profesional para reencontrarse a sí mismo. ¿Es así? ¿Cómo se te ocurrió escribir esta historia?

 

—La última oración no es completamente cierta, el director decide renunciar a hacer cine como un castigo que se impone a sí mismo, ya que una persona está muriendo por responsabilidad suya. Sabes, algunas veces actúo en películas. Y cuando estábamos filmando la primera me puse a pensar en toda la responsabilidad que recae en el director, porque yo soy una persona que siempre ha evitado ese tipo de profesiones donde tienes que comandar o dirigir mucha gente; y tampoco me gusta estar bajo las órdenes de alguien más, pero esa es otra historia… dice Archil riendo. Durante aquel rodaje el sonidista se cayó, se lastimó la espalda, nada muy serio. Y empecé a pensar en una historia corta. Me imaginé a uno de esos chicos que hacen parkour, porque para mí siempre ha habido algo muy atractivo en esos personajes, una especie de locura, y en la novela el director invita a uno de esos jóvenes a saltar sobre un tren, este cae, y muere. Cuando la novela se publicó alguien me dijo ‘¿tú sabes que uno de nosotros (de esos jóvenes que hacen parkour) murió en una situación similar?’ Fue en Azerbaiyán. Yo necesitaba ese sentimiento de culpa que le impide a este director continuar, y la historia tiene que ver con lo que esta persona hace para perdonarse a sí mismo. Y al final hace algo, no es un final feliz.  

 

“Una periodista alemana me dijo que después de leer la novela creció en ella un sentimiento de culpabilidad, porque ella no sabía lo mal que la estábamos pasando en Georgia en los años noventa. Lo tomé como un cumplido, en el sentido de que los años noventa fueron muy trágicos, pero para Europa la Guerra de los Balcanes era lo que estaba sucediendo, porque la tenían más cerca. Especialmente en esta novela, Elefante del Sur, traté de construir una perspectiva panorámica a través de flashbacks (escenas en retrospectiva) de lo que estaba pasando no solo en los noventa, sino en gran parte del siglo veinte. El narrador no es tan viejo, pero a través de las historias de las memorias de sus familiares, y de los familiares de sus amigos, viajamos a los tres años que Georgia tuvo de independencia, entre 1918 y 1921”. 

 

Archil me cuenta una historia popular de Georgia: en 1918 llegaron fuerzas militares de Inglaterra a su país para apoyar a los grupos independentistas. Los soldados se aburrían barbaridades porque nada sucedía, y las mujeres no se acostaban con ellos a menos que contrajeran matrimonio con ellas. Muchos de ellos se casaron, y cuando llegó el momento de regresar a casa, primero en tren hasta el mar para después abordar los barcos, los militares pusieron a todas sus esposas en el último vagón. En un punto removieron los amarres dejando a las mujeres atrás. 

 

“Nadie sabe si la historia es verdadera, o no. Pero la imagen es tan vívida para mí como una metáfora de la relación de mi país con Europa. Por eso yo quería que apareciera en mi libro, así que esa es la historia que el director de cine está filmando cuando ocurre el accidente”. 

 

***

El nueve de abril de 1989 ocurrió la masacre de Tiflis, un acontecimiento ocurrido en la Georgia soviética, cuando un grupo de manifestantes independentistas fueron atacados por el ejército soviético, resultando en el asesinato de 21 personas, 19 de ellas mujeres, y cientos de heridos. Georgia se independizó de la Unión Soviética en 1991. 

 

—Tenías 17 años cuando ocurrió la masacre de Tiflis, ¿cómo lo viviste? 

 

Tengo que decir que yo no estuve ahí. Mi padre, un arqueólogo, había ido por un viaje de trabajo a Estados Unidos, y desde allá se enteró por las noticias de los acontecimientos. Él llamó a casa y así me enteré. Fue estúpido lo que hizo la Unión Soviética porque estaba colapsando de cualquier forma, y esa demostración de violencia, como en Lituania, en Azerbaiyán y en Georgia, no era necesaria. Mi ciudad cambió inmediatamente porque en ese momento ningún civil estaba armado, pero después de la masacre todo el mundo se empezó a armar y a preparar para lo que viniera. 

 

“También fue un poco ingenuo de parte de quienes protestaban. A mucha gente en Georgia no le gusta lo que voy a decir, pero no estábamos listos para la independencia. Todos la queríamos, pero no estábamos listos. Por ejemplo, en Georgia estábamos creciendo té en los tiempos soviéticos, cuando teníamos un mercado cerrado. La gente pensó que con nuestro té, con nuestro vino, con nuestros manantiales, nos íbamos a abrir al mundo y seríamos ricos, pero por supuesto que nada de eso pasó. 

 

“Todos los años noventa fueron de gran pobreza, de quedarnos sin electricidad, sin gas, sin calefacción, fueron años difíciles. Tiempos de guerras civiles, conflictos étnicos, momentos en que personas armadas con traumas de la guerra comenzaban a dispararse en las calles, tiempos de mucha violencia. Yo estudiaba, pero no nos enseñaban nada. Entré a la universidad a estudiar Historia e Idiomas Orientales, pero comprendí que no sería un científico, y después pasé a estudiar para ser Camarógrafo en el Instituto de Cine, y nada sucedía ahí tampoco. En teoría nos daban clases sobre las cámaras, pero nosotros estábamos afuera, tomando, pasando el rato, y era muy peligroso estar afuera, pero éramos pobres y jóvenes. En esos tiempos si alguien era asesinado, íbamos al funeral y buscábamos entre las asistentes a las chicas guapas que estaban llorando y tratábamos de acercarnos a ellas, esa era la rutina diaria”. 

 

—Esta novela, El elefante meridional, la escribiste en 2016, ¿qué estabas haciendo antes? 

 

—Escribiendo historias cortas. Estaba haciendo más o menos lo mismo que hago ahora, a excepción de que mis rodillas me impiden hacer rutas de senderismo complicadas, pero por muchos años he sido un guía de montaña. Ahora conduzco grupos de observadores de vida silvestre, pero no escaladores. Trato de ser un freelance, un trabajador independiente, porque no me gusta estar en oficinas, lo que suele ser difícil. Algunas veces vendo mis fotos, y antes del Covid mi ingreso principal provenía de ser guía, porque en Georgia no puedes vivir de los libros, es imposible. La audiencia es muy pequeña, en mi país si vendes unos diez mil libros es una locura; yo he vendido esa cantidad, sí, pero aún así es muy poco. Te cambia la vida en términos de popularidad, pero no en términos de vivir mejor en absoluto —dice, divertido

 

—¿Qué te llevó a la literatura? ¿Por qué empezaste a escribir estas historias cortas? 

 

—Cuando tenía veinte años algo muy emocional me sucedió, y de repente me senté y escribí la historia. En los años noventa mi padre tenía una granja con una vieja casa, él la compró para ocuparse en algo y obtener queso, leche y esas cosas. Este lugar se encontraba en el bosque, en la sierra. Y la nuestra es una familia grande, mayoritariamente hombres. Dos de mis tíos, mi abuelo que estaba en buena forma, mi padre y yo, tomábamos turnos para quedarnos allá y cuidar los animales porque en esos tiempos había ladrones y bandidos. En una ocasión un grupo de ellos, borrachos, llegaron y dispararon a nuestro granero. Bueno, mi vecino, que era un hombre completamente loco, estalinista, pero que era buen cazador y mi maestro de cacería en el momento, me llamó. Alguien le había robado una vaca y usando las escopetas salimos a perseguirlo. Lo detuvimos y casi lo mato, era sólo un chico de unos doce años que estaba hambriento. Yo también estaba nervioso, pensando que quizás estaba armado. Esta experiencia me hizo escribir mi primera historia; después escribí mucha mierda, pero esa todavía me gusta. 

 

—Sé que también eres un fotógrafo y has escrito guiones para películas, ¿pero alguna vez has sido camarógrafo?

 

—No, nunca lo fui realmente. Ahora con la tecnología digital una vez hice un documental sobre la naturaleza, soy un naturalista. Amo la naturaleza, pero un amigo con el que inicié ese proyecto murió trágicamente, se suicidó, y en su memoria yo terminé ese trabajo. Sólo son imágenes de la naturaleza en el sur de Georgia, nada especial. 

 

“Los exámenes para ser camarógrafo eran de fotografía, y aprendí fotografía en película, a revelar, todo, eso fue muy bueno y todavía me gusta, pero no me considero un gran fotógrafo. Tengo un gran inconveniente, que no puedo entrar en la privacidad de los demás. Casi siempre hago buenas composiciones, pero por ejemplo nunca sería un buen reportero. Me encanta hacer retratos de las personas a las que quiero y que son importantes. Además me gusta mucho hacer fotografías de la naturaleza”, dice. 

 

—En tu proceso creativo, ¿tienes elementos de periodismo? Pienso en todo el trasfondo político, en tu experiencia como guía, tomando elementos de la gente que has conocido en esos espacios. 

 

—No le puedes llamar verdadero periodismo. Pero está bien, mira, no soy bueno rompiendo la privacidad de la gente, pero siempre la estoy mirando. No podría vivir sin eso. Me gusta ser testigo de personas y procesos políticos; todos esos procesos que están sucediendo en mi país o en mi región son un gran trasfondo en mis novelas, los dejo entrar porque todos estamos involucrados en la política.

 

—Además de El elefante meridional tienes otras dos novelas. Una llamada La historia de un pájaro y un hombre, y otra titulada La lagartija en la lápida. 

 

—Sí, antes de El elefante meridional escribí esa novela corta, La historia de un pájaro y un hombre, basada en mi experiencia guiando a observadores de aves; la trama cuenta que guío a un ex espía inglés en la Unión Soviética que ahora es observador de aves. Una vez guié a un hombre así. No era un observador de aves, pero sucedió, no quiero mencionar su nombre porque aún vive.

 

“Y mi última novela es La lagartija en la lápida. Esta es la que más amo de todo lo que he escrito. Es la primera vez en mi vida que siento que hice lo que realmente quería. La trama es realmente sencilla, pero te contaré la historia que me empujó a escribir esta historia, porque eso siempre es muy importante, recordar de dónde vino el primer impulso. 

 

“Cerca de Tifilis tenemos una reserva de agua, un lago artificial al que llamamos mar. Conocí a un hombre que me contó una historia extraña. Me dijo que un verano él iba allí a nadar y se avecinaba una tormenta. Su ropa se estaba mojando, así que construyó con piedras un pequeño refugio para esconderla. Pero una mañana fue a ese lugar y alguien había depositado ahí un ícono cristiano ortodoxo, y después alguien más trajo otro ícono. Luego la gente comenzó a poner velas y unos más empezaron a donar monedas al refugio, ¡y quien construyó ese refugio no pudo usarlo más! Se convirtió en un lugar sagrado. La gente está loca, así que empezaron a donar monedas y una vez uno de los muchachos que siempre están dando vueltas por ahí, se robó el dinero y hubo quienes lo golpearon por eso.

 

“Esto me dio el primer empujón para la novela, porque se trata de una sociedad donde todo se mezcla: el paganismo, el cristianismo. Todas las culturas, todas las creencias. Se trata de una persona que estaba perdida en todo esto. Por ejemplo, uno de los personajes vive en Alemania. Vienen sus amigos y acaban trágicamente. Su cuerpo es llevado por sus familiares de un lugar a otro porque hay que enterrarlo en las montañas, pero está nevando… Y en otra línea narrativa se desarrolla la historia del narrador con su madre. Es difícil hablar de esta novela porque no tiene una estructura clásica. Hay dos líneas principales y, sí, en un punto tienen que encontrarse.

 

—Si escucharas que alguien habla de una ciudad a la que le llaman “la capital mundial del libro”, ¿cómo te imaginas esa ciudad? ¿Cómo crees que debería de ser?

 

—Debería de haber gente curiosa viviendo en esa ciudad. Creo que la curiosidad es lo mejor, porque empuja a la humanidad a hacer cosas buenas aunque también a veces malas… pero todos los descubrimientos, todos los libros, incluso escribir, no es una situación normal para un ser humano. ¿Por qué escribirías? Significaría que algo te está carcomiendo por dentro.

 

“Siempre digo que los libros son lo mejor que nos puede pasar. Conozco mucha gente encantadora a la que no le gustan nada los libros y está bien, pero siempre digo que todos nos estamos haciendo viejos, y los que están leyendo son viejos más bonitos que los que no. Es mitad broma, mitad verdad. 

 

“Quiero agradecer a Guadalajara Capital Mundial del Libro porque estuve el año pasado aquí en la Feria Internacional del Libro y pensé ‘bueno tal vez fue mi primera y última vez en México’, y de repente estoy en este lugar tan especial . Toda América Latina para mí siempre ha sido un milagroso regalo de naturaleza y literatura, las dos cosas que más amo. Por eso siempre he querido ser traducido al español, antes que al inglés, porque creo que lo que estoy haciendo será más interesante para los latinoamericanos”.

 

—¿Qué autores latinoamericanos has leído? ¿En qué idioma? 

—Gabriel García Márquez fue como la gran entrada. Lo leí en tiempos soviéticos. En ese entonces los libros eran nuestra única fuente de información, y todos estaban en idioma ruso. Toda la gente me regalaba los libros de [Mario] Vargas Llosa porque sabían que me gustaba, tengo varios de sus libros repetidos. Pero mi último gran trastocamiento emocional, mi gran descubrimiento, es Roberto Bolaño. Siento mucho no haberlo conocido antes, apenas lo leí hace dos años. Y sí, leo principalmente en ruso, pero Los detectives salvajes lo tenemos en georgiano. En mi opinión, en todo el siglo veinte no puedo mencionar a nadie tan excepcional como él

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