“Un artista se hace con curiosidad por la vida”: Adriana Díaz Enciso

“Una ciudad que se considera lectora tiene que tener bibliotecas públicas de verdad, dirigidas con gente que le interesa la literatura, y parques”, sostiene la autora de Ciudad doliente de Dios (Alfaguara/UNAM, 2018). Rebelde por naturaleza, Díaz Enciso recuerda sus días en Guadalajara y en el DF, y reflexiona desde su casa londinense sobre el oficio de escribir. 

Por Angel Melgoza / Fotos de A. Cowell 

Como en un viaje a los infiernos, al bajomundo del consumo y la frivolidad, Adriana Díaz Enciso deambula por un centro comercial. Tiene cerca de diecisiete años, y en su rebelde adolescencia se siente desfallecer entre la música y los aromas de marca registrada en que cada tienda somete a sus consumidores. Pero allá, perdida en un pasillo, una librería cambiará su vida. 

 

Díaz Enciso nació en Guadalajara en 1964. Creció en una sociedad conservadora con estrictas reglas sociales. Su padre era arquitecto y ella desde muy joven se interesó en sus herramientas. Dibujaba y decía que quería ser pintora, pero al mismo tiempo escribía. Escribía pequeños cuentos o poemas. 

 

Su primer libro de poesía, Sombra abierta (Departamento de Bellas Artes de Guadalajara, 1987) lo publicó un año después de salir de la licenciatura en Comunicación que estudió en el ITESO. Unos años antes había colaborado en un programa radiofónico de la barra de rock de Radio Universidad de Guadalajara que terminaría conduciendo. 

 

Trabajó en la Galería Magritte —de Rogelio Flores y Paco Barreda— antes de mudarse a la Ciudad de México, donde vivió once años. Ahí fue letrista de la banda de rock Santa Sabina y publicó dos libros más de poesía, Pronunciación del deseo (de cara al mar) (UNAM, El Ala del Tigre, 1993) y Hacia la luz (1997).

 

Amante de la cultura inglesa, en 1999 dejó el país para cumplir su sueño de vivir en Londres, donde ya tiene 23 años de residencia. Desde entonces ha publicado cuatro libros más de poesía, un libro de ensayos y cuatro novelas. La más reciente y ambiciosa de todas es Ciudad doliente de Dios (Alfaguara/UNAM, 2018). Entre borradores destrozados, pausas y reescrituras le tomó 20 años terminar de escribir esta obra. 

 

Su último libro de poesía, Flint (Contraband Books, 2022), es el primero escrito en inglés y se compone de un diario de sueños, donde explora el suicidio en el contexto de la primavera, momentos y reflexiones sobre la catarsis y el culto al héroe.

—Comencemos platicando sobre la Guadalajara en la que creciste. 

—En aquel entonces era una sociedad muy conservadora, era muy difícil ser joven. Por lo mismo también había una explosión maravillosa de arte y de creatividad. Cuando yo tenía como 19 ó 20 años, y estaba en el ITESO, dos amigos tenían un programa en la barra de rock de Radio Universidad y me invitaron a participar. Éramos todos estudiantes y cuando ellos deciden salirse yo les dije que me quería quedar. Hacía sola el programa, en la barra “Dimensión del rock”, donde estaba el Che Bañuelos con Carlos Ramírez. No era lo que ahora es Radio Universidad. El rock era apenas tolerado por la radiodifusora y no teníamos ni cabina. Transmitíamos desde un cuartito donde se guardaban los discos y si pasaba una ambulancia la oías y todo. Nos trataban más bien mal a los de la barra de rock. 

 

Estuve en Radio Universidad como cinco años y llegué a hacer un programa con Julio Haro [vocalista de El Personal], que terminó porque nos censuraron. Por eso salí de la radio. Siendo Julio como era, empezamos a hacer un programa más de humor, e hicimos una sátira de la religión. Era totalmente inocente, pero el que era entonces el subdirector nos mandó llamar y nos dijo “en esta radiodifusora no se habla ni de religión, ni de política, ni de putos”, y nos enfurecimos y Julio dijo “ya, yo no vuelvo más”. Siendo un programa de radio yo hice una huelga de silencio, entonces sólo ponía música, pero no hablaba y puse como entrada del programa la canción de Charly García “Los dinosaurios”.

Los amigos del barrio pueden desaparecer

Los cantores de radio pueden desaparecer

Los que están en los diarios pueden desaparecer

La persona que amas puede desaparecer

Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire

Los que están en la calle pueden desaparecer en la calle

Los amigos del barrio pueden desaparecer

Pero los dinosaurios van a desaparecer

Vista desde la cocina de Adriana Díaz Enciso en Londres (A. Cowell, 2022)

Y me hablaba la gente y decían “¿por qué no hablas?”. Les respondía “porque me están censurando, ¡estoy en huelga!” (risas). Pero como la huelga no sirvió de nada, porque a los directores no les importaba, entonces me salí y dije “bueno, ya qué sentido tiene”. Pero gocé mucho hacer radio, fue muy bonito. 

 

Era tanta la represión que había entonces que los que estábamos interesados en otra manera de ver el mundo, de ver la vida, nos juntábamos y teníamos una atmósfera maravillosa pese a cómo era la ciudad. Había una efusividad por crear y ser rebeldes. Julio veía esa sociedad con una claridad impresionante, con mucha lucidez y era muy buen amigo. 

—¿Cómo era la relación con tus padres?  

—Imagínate, mis papás, muy buenos representantes de la sociedad tapatía, muy de derechas. Cuando le dije a mi mamá que yo quería entrar al ITESO, me dijo que de ninguna manera, “porque ahí nada más hay comunistas y mariguanos”. Y bueno tenía razón (risas) ¡Yo me la pasé muy bien! 

Me hice de izquierda en el ITESO porque empecé a escuchar rock y ser medio rebelde de adolescente, pero no tenía idea de la realidad política en lo absoluto. Crecí y me eduqué en un colegio de monjas, de las Damas del Sagrado Corazón de Jesús. Estuve allí 12 años, y las monjas eran buena onda, no tengo nada en contra de ellas y tuve muy buenos maestros, pero era un colegio o para niñas ricas, o para niñas cuyas familias querían pasar por ricas. 

Yo me fui de la casa a los 18 años y a mis papás no les gustaba nadita de nada en lo que yo andaba. Me fui a vivir con una amiga y luego con otra. En esa época hacer eso en Guadalajara era muy mal visto, especialmente siendo mujer. 

—¿Y el rock donde lo escuchabas? 

—El rock lo empecé a escuchar desde mi casa, por un grupo de amigas que con sus amigos y hermanos, muchos del CAIC (Club Alpino del Instituto de Ciencias), empezamos a escuchar a Pink Floyd y a Led Zeppelin. Porque yo tenía gustos muy fresas, me encantaban los Bee Gees y de pronto descubrí que había otra onda. Me hice muy roquera.

—¿Cómo fue que empezaste a escribir? 

—Mi papá era arquitecto y me gustaba ver las cosas con las que dibujaba. Yo decía que quería ser pintora, pero escribía desde niña. Escribía mis poemitas y mis cuentitos, pero ¿cuándo decidí que quería ser escritora? En la secundaria. Después de leer Una habitación propia de Virginia Woolf y Tres guineas, que en realidad no son novelas sino la reunión de sus conferencias. Su agudeza para defender la escritura y su proceso, así como la escritura hecha por mujeres. 

No pienso que la literatura tenga género realmente y tampoco Virginia Woolf lo creía, pero sí hablaba socialmente de las escritoras en su época, de las condiciones para escribir que tenían las mujeres y yo la admiré muchísimo. Tenía como 16 años, y fue cuando dije “yo quiero ser como esa mujer”… nada más sin echarme al río con piedras en los bolsillos (risas). Si podemos ahorrarnos esa parte, mejor. 

Para ese momento yo ya era completamente anglófila, porque empecé a estudiar a los diez años en el Anglo [Instituto Anglo Mexicano de Cultura], con puros profesores británicos. Y tenía la biblioteca. Ahí empecé a idealizar este país. Empecé a clavarme en la literatura inglesa y cuando leí a Virginia Woolf todo se fue encajando. 

—¿Y profesionalmente iniciaste con la poesía? 

—Cuando tenía como 18 años escribí muchos cuentos y los llevé al taller de literatura de Elías Nandino, en el Ex Convento del Carmen. Ahí hubo varios poetas que me ayudaron mucho y tengo gratitud hacia todos ellos, pero sobre todo hacia Jorge Esquinca. Él leyó mis cuentos y me dijo “están tan padres tus cuentitos, pero ¿por qué mejor no escribes poesía?”. Me sentí un poco desilusionada, pero sí, eran muy ingenuos mis cuentos. Algunos eran dizque de miedo y estaban ubicados en Inglaterra, pero yo nunca había venido acá. Eran copias de cosas que yo había leído. Me llamó la atención eso de empezar a escribir poesía y me puse a hacerlo durante varios años. 

—¿Y cómo fue el proceso? ¿Te encontraste con la poesía? ¿Te fue fácil? 

—Como que eso abrió una llave y empezó a salir, pero de ahí a que sea fácil, pues no. Gran parte de lo que sale no sirve, hay que trabajar mucho los poemas. Pero abrió una puerta para darme cuenta de cuál era mi sensibilidad como poeta, algo que yo no tenía nada claro. Escribir poesía es más como un camino existencial, digamos. 

—Si sabías que querías ser escritora, ¿por qué entraste a estudiar una licenciatura en Comunicación?

—El motivo es que en el ITESO no había Letras, y yo no podía estudiar Letras en la Universidad de Guadalajara porque en esa época no te aceptaban si venías de una prepa privada. O a lo mejor esa era la leyenda urbana que me contó mi mamá (risas). 

 

Además yo pensé, quizá con soberbia, “yo soy escritora, yo puedo aprender sola, yo puedo estudiar Letras sola, voy a estudiar otras cosas, algo que yo no puedo aprender sola”. Y me llamaba la atención lo del cine, radio, todo eso, e ingenuamente creía que era algo de lo que yo me podía ganar la vida, pero en realidad nunca trabajé en medios porque los primeros años en Radio Universidad no nos pagaban nada, y los últimos años nos pagaban una miseria, entonces nunca me gané la vida de eso. Bueno, a ver, escribí unos guiones para el programa La Hora Marcada [serie de Televisa en la que colaboraron, entre otros, Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro] de los que se filmó sólo uno y empecé a hacer periodismo cultural. En realidad siempre fui escritora. 

—Además de Virginia Woolf, ¿qué otros autores estabas leyendo? 

—A Charles Dickens, otro de mis grandes ídolos. Leía mucha literatura de terror que ha sido una de mis pasiones. Aunque eso se suele malinterpretar mucho porque lo que ahora se considera literatura de terror no me gusta nada, la onda gore y todo eso no. A mí me gusta la literatura de terror de autores que no pensaban que estaban haciendo literatura de terror, como Arthur Machen, Algernon Blackwood. Virginia Woolf llegó a escribir algunos cuentos extraños. 

 

Di un taller de literatura de terror en la Ciudad de México durante cinco años. Pero leía de todo, como a los poetas simbolistas franceses. Me acuerdo que me cautivó El Tambor de Hojalata de Günter Grass; Thomas Mann; era muy ecléctica, quizá porque no fui a una escuela de Letras. 

 

Una de las revelaciones del taller de Elías Nandino fue Octavio Paz y la antología Poesía en Movimiento. Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, José Gorostiza; mi fascinación con la gran poesía mexicana empezó ahí. 

—Qué le recomendarías a alguien que quiere ser escritor, escritora, ¿estudiar Letras o irse por esta ruta libre? 

—Es una pregunta muy complicada, sobre todo ahora. Voy a sonar como ancianita, pero no me gusta nada cómo va el rumbo de las cosas hoy en día con respecto a la literatura y la academia. Por un lado sí veo que por no haber estudiado Letras, formalmente tengo muchas lagunas en mi educación literaria, porque fui descubriendo aquí y allá, y eso me ha enriquecido mucho, pero también ha dejado lagunas en mi formación. 

 

Y al mismo tiempo creo que es muy enriquecedor ir descubriendo por tu cuenta lo que te interesa, no lo que te digan los profesores. Sobre todo con las artes, con una cuestión creativa. En las universidades, la carrera de escritor… ¿cómo vas a meterte a la carrera de escritor? ¿Cómo te van a enseñar? ¿Quién te va a enseñar a escribir? Nadie te va a enseñar a escribir. 

 

Uno de los grandes riesgos es que en lugar de que una persona se convierta en escritor o escritora, se conviertas en académico. No es que tenga nada en contra de los académicos, pero sí creo que si tu vocación es la escritura, entonces tienes que ser un escritor, no un académico. Creo que existe ese riesgo, de quedarte en lo académico y no encarnar tu vocación de la libertad intelectual, la libertad de pensamiento, la libertad existencial que necesita un artista. 

 

Hoy en día la cuestión de la carrera de escritura se ha convertido en una cosa muy comercial, se ha explotado la idea de la escritura creativa de una manera abominable. 

 

—Como si la escritura pudiera no ser creativa. 

—Sí, para empezar, y con fórmulas para que escribas cosas que van a tener mucho éxito. En algunas universidades una parte del programa es cómo tener un agente literario y come on!, eso no es aprender a ser escritor. Claro que sirve tener agente y es importante aprender a moverse en el medio editorial, pero ninguno de los grandes escritores o escritoras que conozcamos, en la historia de la literatura, se formó de esa manera. Así no se forma un escritor, así se ahoga y se asfixia al escritor. 

 

No me siento con derecho a recomendar, porque a lo mejor me equivoco en lo que estoy diciendo, pero yo diría: si van a entrar por ese camino y su vocación es la de ser escritores, háganlo con muchísimo cuidado, y sean rebeldes. No se traguen todo lo que les digan y conserven su libertad artística, de pensamiento.  

El espacio de trabajo de Adriana Díaz Enciso (A. Cowell, 2022)

¿Cómo se hace un escritor? Puede sonar muy obvio, dirás “escribiendo”, pero…

Y leyendo y leyendo. Los tiempos han cambiado mucho, ahora vivimos en una época en que todo mundo puede ser escritor, todo mundo es artista, todo mundo puede expresarse y se engaña a mucha gente así, diciéndoles “tú puedes ser escritor”, pero hay que leer. Hay que leer con atención, hay que leer a los grandes autores, hay que leer con hondura, y hay que vivir también. 

 

Un artista, incluidos los escritores, se hace viviendo, con curiosidad por la vida. Escribiendo, claro, pero también leyendo y viviendo. 

—Hablando de vivir, ¿qué te llevó a mudarte de Guadalajara a la Ciudad de México? ¿Cuándo lo hiciste? ¿Terminando tu carrera? 

—En 1988 ya no podía más con Guadalajara (risas). Ha habido algunos tapatíos que me reprocharon mucho que yo dijera estas cosas tan abiertamente, y más para irme al DF, que era como imperdonable. 

 

Me cansé de lo que era ser mujer, sola, e independiente. El machismo era brutal, la misoginia, incluso entre algunos de los círculos liberales y de artistas. Existía esta idea de que si tú te fuiste de tu casa a los 18 años, y llevas esta vida de artista, la bohemia como le llamaban, entonces te ibas a acostar con todo el mundo. No voy a decir que no tuve mis aventuras (risas), pero eso no quiere decir que estés a la disposición de todo mundo. Y era muy difícil para los hombres entender, particularmente en el ambiente supuestamente liberal y artístico, que tú no querías irte a la cama con todos. 

 

Me acuerdo un día en el café La Paloma, donde nos juntábamos todos los días, llegué y les dije “ya me voy a ir al DF”. “Pero ¿tú qué vas a hacer allá? Ve cuando ya seas alguien, no ahorita que no eres nadie”, me dijeron. Y entonces, ya encabronada, les dije: “no me voy porque quiera ser alguien, ¡me voy porque ya no los soporto (risas)!” 

 

Los quería mucho, pero estaba harta. Terminé la carrera en el 86, aunque desde el 85 ya tenía la idea de que terminando me iría, pero el temblor del 85 me asustó muchísimo y durante varios años estuve atrasando la partida hasta que mi nivel de hartazgo fue tal que dije “prefiero morir aplastada que seguir aquí”. 

—¿Y cómo te recibió la Ciudad de México? 

—¡Wow! Bien, muy bien, no pudo ser mejor. Llegué de freelance, escribía para periódicos, hacía reseñas, y luego viví un tiempo de ser modelo para pintores, imagínate. Yo creo que mis padres nunca se enteraron. Hice de todo, trabajé en una disquera por un tiempo, pero sobre todo escribiendo, y siempre gané poquísimo. Hacía mucha corrección de pruebas, revisión de criterios editoriales, lo que aquí llaman proofreading

Fue maravilloso porque ese momento en la vida cultural de la Ciudad de México era riquísimo, era cuando apenas se habían empezado a permitir los conciertos de rock. Tú eres muy joven y no te has de poder imaginar lo que era que estuvieran prohibidos. Los empezaban a permitir y al principio estaban llenos de policías súper agresivos, era una cosa dura ir, pero ibas. Para un país donde no estaban permitidos los conciertos de rock, ser joven, y de pronto que se permitieran, era maravilloso y ahí empezó a surgir el rock mexicano. 

                                                          *

Uno de los primeros conciertos a los que asistió Adriana en la capital fue de Soda Stereo; y también al primer concierto de la banda de culto Santa Sabina, donde habría de forjar una gran amistad con su vocalista, Rita Guerrero (1964-2011). Adriana llegaría a escribir canciones como “A la orilla del sol”, “Una canción para Louis (Vampiro)”, “El ángel”, “La garra (Lucy y Fer)”, y “Alas negras”. Durante sus once años en Ciudad de México, Díaz Enciso conoció y se hizo amiga de integrantes de bandas míticas del rock mexicano como Caifanes y la Maldita Vecindad. 

—Antes de irte a la Ciudad de México ya tenías un primer libro de poesía publicado, Sombra abierta (1987), ¿cómo fue el proceso de seguir escribiendo y tu paso de la poesía a la novela?

—Empecé una novela que hablaba de ese ambiente que vivíamos en el DF. Hablaba de El Nueve, un legendario bar de la Zona Rosa que ya no existe pero fue muy importante en la vida cultural de México. Era un bar gay en la calle de… Londres (risas).

 

—Todo te llevaba a Londres. 

—Y Rogelio Villarreal, que ahora dirige la revista Replicante, pero antes dirigía La Regla Rota, La Pus Moderna, revistas contraculturales, junto con Mongo [el caricaturista Ramón Sánchez Lira], era muy amigo del dueño del Bar 9. Un lugar que era gay todos los días, pero los jueves abría a gente de cualquier inclinación sexual. Ahí tocaban bandas de rock que estaban empezando, y había performances, ahí tocaron Las insólitas imágenes de Aurora antes de que fueran Caifanes. 

 

Esa primera novela creo que era pésima, la verdad. Está empacada en alguna caja que dejé en casa de alguien cuando me vine a Londres, no recuerdo quién y ya hasta me da vergüenza preguntar porque es tan mala… y no sé dónde está. 

—¿Y cómo surgió La sed, tu primera novela publicada en 2001?

La sed se me ocurrió un día que iba cruzando el Parque México, lo recuerdo muy bien. Yo vivía en la Condesa e iba a casa de un amigo que ya falleció, Sergio Hernández, videoasta, y yo estaba muy clavada con el rollo de los vampiros, cuando todavía no estaban de moda debo aclarar. Y de repente se me vino a la mente la escena con la que empieza la segunda parte de la novela, que es cuando en Veracruz la protagonista, Sandra, conoce al vampiro que llegó en un barco.  

—No he tenido la oportunidad de leerla ¿se consigue? 

—Es muy difícil conseguir mis libros. Bellas Artes de Jalisco, que publicó mi primer libro, se sabía que dejaba en las bodegas casi todos los libros. Luego el segundo libro de poesía [Pronunciación del deseo (de cara al mar), 1993], publicado por la UNAM, por ahí debe aparecer de repente, fue hace muchísimos años. Después Colibrí, que es donde publiqué La sed y un libro de poesía, quebró. Mi novela Puente del cielo (2003), Random House Mondadori la trató fatal y me inventaron que se había inundado la bodega y que se había destruido la edición. Se lo hicieron a varios escritores, no nada más a mí. 

—Aunque tu última novela Ciudad doliente de Dios (2018) la publicó Alfaguara.

—Sí, y creo que ya se puede conseguir un poco mejor después de que me enojé mucho de cómo habían tratado la novela y escribí un artículo para Literal Magazine sobre lo que había pasado con Alfaguara. Muy amable Roberto Banchik, el director de Penguin Random House en México, leyó el artículo y me dijo que se habían juntado con el equipo de Alfaguara para ver que había salido mal. Hablamos por zoom, y parece que ahora ya se puede conseguir. Y acabo de sacar un librito de poesía, mi primero en inglés, Flint [Contraband Books, 2022].

—Sé que Ciudad doliente de Dios (2018) está inspirada en los poemas de William Blake y que valoras mucho su obra, incluso fuiste secretaria y miembro del consejo de la Blake Society en Londres. ¿Cómo descubriste a Blake?  

—La historia de su descubrimiento es muy improbable, pero fantástica. Mi familia tenía una noción muy extraña de las vacaciones, que era ir a McAllen, Texas, de compras. Eran viajes que de niña me gustaban y todavía en la secundaria los gozaba, pero ya un poquito más adolescente, como a los 15 ó 16 años, decía “bueno, pero ¿qué es esto?”. Me empezaba a deprimir y en el último viaje que hice ahí, cuando ya tenía como 17, recuerdo que había en ese shopping mall una librería. Fui para allá y vi que estaban los poemas completos de Blake, yo había oído hablar de él muy vagamente, vi lo que decía la contraportada y pensé: “de esto me tengo que agarrar, así voy a sobrevivir toda esta frivolidad infernal”,  porque cuando eres adolescente y empiezas a definir que tú realmente quieres ser artista, que eres un artista, también te vuelves muy arrogante. ¿Cómo llegó Blake a McAllen, Texas? Es algo que no me puedo imaginar, yo creo que por error (risas). 

 

Blake es, fue, un artista total, sin concesión alguna a nada que no sea el arte y la verdad. Alguien para quien el arte y la vida no son cosas separadas. Alguien que entiende que el arte es una de las formas de acceder a la trascendencia, de ver lo que es realmente la realidad, de ver el mundo espiritual. Para mí es el artista que no hizo ninguna concesión, que fue absolutamente devoto a su arte porque sabía que a través del arte estaba teniendo acceso a la realidad, a la realidad de la imaginación humana, a lo que está más allá de la superficie. 

—Esto me recuerda a lo que he leído sobre tu trabajo y lo que me has contado, hablas de encontrar la ciudad sagrada, de la verdad y de la realidad. 

—Ese es un tema que está en casi toda mi escritura. Buscar algo más, qué hay detrás de las apariencias. Buscar una forma de verdad, ¿y qué quiero decir con verdad? Porque puede sonar demasiado petulante o naif. Pienso en una forma verdaderamente humana de habitar el mundo, de estar en el mundo, de conocer la grandeza del alma o del espíritu humano, la capacidad de conectarnos con lo desconocido, con el misterio, ¡de aceptar que hay misterio! Y ver lo sagrado en el mundo, y no quiero decir en un sentido necesariamente religioso. Hablar de lo sagrado es hablar del misterio, de la grandeza de la creación… que estamos destruyendo porque no vemos. 

 

Y para Blake eso era muy claro. La imaginación, que no es fantasía, sino la verdadera facultad imaginativa humana, es la que nos ayuda a ver la realidad. Y entonces la honramos, casi la veneramos. El mundo contemporáneo no da mucha oportunidad de hacer eso. 

—Por lo que me has platicado y la impresión que me das, siento que tú también aspiras a eso, a no separar tu vida de tu obra. 

—Sí, y eso es muy difícil. Lo más frustrante es cuando la vida cotidiana me agarra y pierdo conciencia de lo que estoy buscando. 

—¿Qué elementos crees que debe tener una ciudad que se considera lectora? 

—Una ciudad que se considera lectora tiene que tener bibliotecas públicas de verdad, dirigidas con gente que le interesa la literatura, y parques. Espacios públicos donde no te asalten, cafés, espacios que permitan la contemplación. Vamos, no es que haya mucha contemplación en ciudades tan grandes como Guadalajara, Ciudad de México y Londres, pero sí hay espacios públicos.

—¿Cómo se hace una ciudad lectora? 

—¡Quitándole el celular a todo el mundo! (risas) Hay que empezar por ahí, quitar el celular y acercar los libros, porque realmente las máquinas nos están matando las neuronas. Cultivar la atención, la curiosidad, la atención profunda, que no estemos saltando de una cosa a otra a otra a otra. Cultivar el espacio de la atención. 

 

—Porque esa desatención, ese cambio frenético, es un reflejo de una etapa del sistema económico en el que nos encontramos, ¿no crees? 

—Completamente esquizoides, estamos locos. Queremos hacerlo todo, todo, incluso lo maravilloso, pero sin darnos cuenta de que lo maravilloso se hace con tiempo y con atención.

—Si alguien te contara que hay una ciudad a la que le llaman la capital mundial del libro y te dicen que es maravillosa, ¿cómo te imaginas que es esa ciudad? 

—¡Ay! Perdón, pero creo que desconfiaría. Me parecería que lo están inventando los grandes consorcios editoriales. La gran capital ideal me la imagino un poco como la ciudad que pongo en Ciudad doliente de Dios, una ciudad sagrada de las artes, que era lo que Blake pensaba. Pero si me lo dicen ahora desconfiaría porque la cultura está tan mercantilizada que sentiría que me están tratando de vender algo que a lo mejor no es tan cierto. Iría con cuidado (risas), iría a ver qué libros hay, de qué países, qué ediciones, ¡qué cafés hay! Porque el café como espacio es muy importante para mí, para escribir y para leer. ⚫

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