Recuento y elogio de la poesía de guadalajara, jalisco

El autor de El pobrecito señor X  y La máquina del instante hace este balance y aprovecha para proponer un festival, una colección de poesía y, en sintonía con Ítalo Calvino, que Guadalajara sea declarada como la ciudad invisible número 56

Por Ricardo Castillo

Hablar del libro de poesía y de lo que prefiero llamar Guadalajara, Jalisco, no debería ser difícil, pero pienso que aun si consigo hacerlo medianamente bien, al final, sin duda, todo se me complicará por la dificultad de quedar satisfecho ante cualquier cosa que pueda decir en unas cuantas palabras. Es demasiado. 

 

Si tomamos la fecha de nacimiento de González Martínez podemos advertir que hay una tradición de poesía contemporánea jalisciense que cuenta con 150 años. No creo equivocarme al considerar que Guadalajara es una de las ciudades más atractivas en Hispanoamérica para el lector de poesía, por la riqueza de su acervo poético, además de una actividad formativa y editorial constante que ha garantizado una continuidad, no sólo de la producción de los poetas locales, sino también la de poetas originarios de diversas latitudes, pero que vienen produciendo desde hace años en Guadalajara. 

 

Pienso en una Guadalajara reticular, la de mi época, respiro lugares entrañables; los parques, el Santuario, Aranzazú, el de la Revolución, el Agua Azul, el parque Alcalde. También pienso en los cafés: el Madoka de Rulfo, el dominó de el Treve, el café Providencia del taller de Luis Patiño, o el Gardel de Arturo Suárez y sus periquetes. Una época en la que los parques y cafés fertilizaban el ambiente poético de la ciudad. 

 

Pero debo decir que ya desde entonces la ciudad mostraba su ubicación de cruce de caminos, como toda ciudad de la poesía lo es. Para un poeta de mi generación la ciudad podía extenderse al Defe de Yáñez, al París de Arreola o a la Lima o Barcelona de Mario Santiago, quien en los años 70 estuvo por aquí. Un espacio abierto para los que llegaban y los que se iban. 

 

Rulfo y Arreola, poetas de la prosa, a pesar de ser del sur de Jalisco, siempre han sido, por supuesto, una identidad para el poeta de Guadalajara. Lo mismo pasaba con Alfredo Placencia y González de León, el primero de Jalos y el segundo de Lagos. Elías Nandino era de Cocula, y aunque González Martínez sí nació en Guadalajara, su obra fue escrita fuera de aquí. Pronto aprendí a pensar que Guadalajara, como ciudad de la poesía, no era un solo lugar, sino un sistema de relaciones. 

 

Durante muchos años el poeta de Guadalajara tuvo que ir a la Ciudad de México para desarrollarse. Jorge Hernández Campos, Hugo Gutiérrez Vega, Guillermo Fernández, Raúl Navarrete, Ricardo Yáñez, todos poetas de Guadalajara, lo hicieron así; dos más, indispensables, Sergio Cordero que ha escrito durante décadas en Monterrey y José Eugenio Sánchez, toda su obra. Jorge Esquinca, un referente para la poesía de la ciudad, nació en México pero siempre ha radicado aquí. Carmen Villoro y Luis Armenta, ambos Premio Jalisco, son también de la Ciudad de México, pero buena parte de su trabajo lo han hecho mientras respiraban aquí. Ernesto Lumbreras es de Ahualulco, Carlos Próspero de Chiapas y Torres Sánchez y Miguel Ángel Hernández son de Sinaloa. 

 

Resulta claro que esto no puede ser un motivo razonable para no considerarlos en una antología de poesía contemporánea de Guadalajara, Jalisco, pero sí me ha servido a mí para mencionarlos en este vistazo a la poesía en una ciudad que me gustaría postular, ya que la ocasión lo permite, como una de las ciudades invisibles, de Ítalo Calvino, quien en su obra más cercana al libro de poemas, describe un elenco de 55 ciudades invisibles que en cierta forma son emblema de la poesía, cada una con nombre de mujer. Propongo que este año Guadalajara sea considerada la ciudad invisible número 56. 

 

Y a propósito de nombres de mujeres hay que decir que Laura Solórzano, Mónica Nepote, Citlali Mendoza, Patricia Medina, Xel Ha, Silvia Castillero, Adriana Leal, Karla Covarrubias Sandomingo, Francoise Roy, Lizzy Castro, Judith Satín, Sara Raca y Cindy Hatch, entre muchas otras, vienen saldando la carencia de voces femeninas de años atrás.

 

Ya decía que es difícil quedar satisfecho cuando hay tanto por mencionar en apenas dos cuartillas. Mencionar cualquier nombre implica acabar cometiendo la injusticia de no mencionar a muchos otros. 

 

He hablado de una “Guadalajara, Jalisco” que el buscador de Google no podría determinar, pues sus relaciones están vinculadas a gran número de ubicaciones que trascienden los límites municipales. Toda ciudad importante para consolidar una tradición poética genera a la vez una fuerza centrífuga y otra centrípeta. Hemos hablado de poetas locales que se fueron y de poetas procedentes de otras latitudes que se incorporan a la tradición poética de la ciudad. Pero sería inaceptable no mencionar a los maestros que se quedaron en Guadalajara, cuando la tendencia era irse. Ellos fueron los encargados de mantener encendido el ambiente literario en Guadalajara. 

 

Me refiero a la erudición y labor editorial de Adalberto Navarro Sánchez, a la inteligencia de gentil ironía de Arturo Rivas Sainz y la generosidad didáctica del Ernesto Flores, quienes fueron además poetas sin duda apreciables. En este rango entra el regreso de Elías Nandino a Guadalajara. Dio a la ciudad dos etapas de talleres de poesía, que fructificaron en poetas como Esquinca, Cordero, Ramírez, Navarro y Ortega. Estos talleres representaron un parteaguas para la madurez de nuestra poesía. Sirvió para que otros grupos surgieran, no siempre afines o indiferentes. Pero entonces ya había un modelo generacional de “poesía joven” que vivía en la ciudad. También hay que añadir Armario, el suplemento de Doñán en El Occidental. El texto poético de la ciudad se problematizó a través de una variedad de registros.

 

Sería inaceptable no mencionar al querido poeta Raúl Bañuelos, que con su obra y talleres ayudó a formar poetas como De Aguinaga, Baudelio Lara, Víctor Ortiz, Jorge Orendáin, Felipe Ponce y creo que también al viajero Plascencia Ñol, y eso por mencionar muy pocos en verdad, y sin ningún ánimo de simplificar la evolución de cada quien. 

 

Disculpas para las omisiones, pero ya vengo contando las palabras que me restan. Pienso por ejemplo en Patrick Hernández, Zappa, Lomelí o Mellion. En Mauricio Ramírez, Miguel Reinoso. Luis Medina, Raúl Ramírez, Amado Pérez, Ricardo Solís, Quimixto, Antillón, Areph Palacios, Soto Cambe, puf, son un montón. 

 

Tampoco puedo olvidar a Ruiz Mercado. En esta enumeración recortada, faltaría celebrar de manera especial a Raúl Aceves con sus originales expediciones al ser, o el durísimo golpe que recibimos con la muerte prematura del magnífico Ángel Ortuño, además de Álvaro Luquín, Gustavo Íñiguez, Carlos Vicente Castro, y el aún joven, Luis Eduardo García, valioso ya, como si fuera mayor. Una mención encarecida para el corazón ebrio de Enrique Macías. 

 

Y siguiendo al demonio heterodoxo que me rige, quiero añadir al sensitivo cantautor Gerardo Enciso, y al genial vocalista del personal, Julio Haro, que junto a José Eugenio y al monero Jis, me parecen los poetas más divertidos de la ciudad. Toda una aportación para aumentar el peso específico de la poesía en una zona metropolitana que ya no es reticular.

 

Lo dicho, una poesía escrita a muchas manos, por personas vivas que mantienen activo un género en una época que enfrenta grandes problemas para su desarrollo. Pienso que no es la ocasión para enunciar un dream team que necesariamente resultaría más excluyente. 

 

Quisiera por el contrario que este espectro de la poesía en Guadalajara fuera considerado como la escritura de una colectividad. La poesía, como casi todo lo demás, se mueve a través de acuerdos y desacuerdos. Es el movimiento, acción y reacción. Todos los nombres son necesarios en esta indagación, porque “buenos” o “malos”, cada uno cumple un papel auxiliar para leer ese texto colectivo. Incluso casos de inéditos como el Gal (aunque creo recordar que Lorenzo Figueroa le publicó algo) o Ricardo Velasco y Fernando Cortés. Creo que sería interesante hacer una lectura sociológica que abriría varios campos de investigación a la lectura propiamente literaria. 

 

Por último, añadir, junto a Gabriel Magaña, a un verdadero hoyo negro para la poesía de la ciudad, Franc Ducros, que con sus extraordinarios cursos y libros publicados en la ciudad suspendió la duración que separa el pasado, el presente y el futuro en la apreciación de la poesía.

 

Parece que he terminado y como ya les advertía, no estoy satisfecho. Sólo añadiré, como gato en el agua, que Guadalajara merecería tener un festival internacional de poesía como el de Rosario, Argentina, o el de Medellín, Colombia. Un festival anual. También merecería una colección de autores de la tradición poética jalisciense.

 

En fin, dicho lo anterior, aclaro que tampoco vine a decir que el libro de poemas es el único o el mejor recurso que brinda la poesía. Pienso que cualquier libro de poesía, al margen de su tema particular, invita al lector a leer, ok, está bien, otros libros, pero lo inherente es que todo poema convoca, emplaza al lector a leer los momentos de la vida. 

 

La poesía para el poeta, para el lector, pero sobre todo para los que no leen poemas, es ante todo riqueza sensorial, por muy subjetiva que parezca a cada quien. La intuición como herramienta de conocimiento. 

 

Lo que quiero decir es que la poesía suspende en todos la relación lineal del tiempo, implica una forma de percepción que nos pone en contacto con geometrías de pensamiento, y cada quien vive eso de una forma intransferible en su vida, frecuentemente fuera de la literatura. Una forma de ver, de oír, de probar, en fin, eso que desencadena sensorialmente un instante poético: intensidad, calidad de vida, todo el tiempo realmente vivido; la intuición de que la poesía, antes que poemas, es el sentido oculto para los vivos y el único equipaje que acaso podría ser de utilidad para los muertos. En este sentido el poeta no tiene ningún privilegio sobre los que no son poetas, ni sobre los lectores, o no lectores. 

 

Lo mejor de la poesía no está en la literatura, sino en la vida y, tal vez, en la muerte.·

Palabras dichas en la inauguración de Guadalajara Capital Mundial del Libro el sábado 30 de abril de este año en el patio central del Instituto Cultural Cabañas.

Imagen superior: La gran galaxia (1978), Rufino Tamayo. Óleo sobre tela. 

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